Una manera inofensiva de disfrutar
Nos sentimos contentos
José Antonio Hernández Guerrero
Hemos de reconocer que la honda y desbordada alegría que hemos experimentado los aficionados gaditanos por el ascenso del Cádiz hunde sus raíces en el convencimiento que le Club es mucho más que un equipo de fútbol: los colores azul y amarillo simbolizan nuestras ganas colectivas de triunfar en la vida, y, efectivamente, tenemos la sensación de que, a pesar de la crisis, todos hemos ascendido. Durante estos últimos días me he fijado en el orgullo con el que los aficionados recuerdan el pasado y la emoción con la que evocan, sobre todo, los triunfos, pero también he advertido que disfrutan, sobre todo, ilusionándose con nuevos triunfos y, algunos, con la esperanza de ascender a la Primera Division. Quizás estas emociones expliquen por qué la sala de trofeos se ha convertido en un verdadero museo que guardan reliquias añejas y cómo, igual que ocurre en algunos santuarios, la tienda instalada al lado ha aumentado las ventas de camisetas, bufandas, cuadernos, lapiceros y hasta de gomas de borrar. Todos coincidimos en que, de hecho, un equipo de fútbol es una plataforma dotada de una enigmática energía y de un inquietante misterio, un soporte que posee una amplia capacidad para unir a hombres y a mujeres de diferentes clases sociales, de distintas ideologías políticas y de diversos niveles culturales. El fútbol, con ese surrealismo vitalista, representa la vida cotidiana, ese inquietante rompecabezas del que todos estamos hechos. Un partido es, a veces, rabiosamente épico, otras, elevadamente lírico y otras, hondamente dramático. Éstas pueden ser las razones por las que acudimos a este escenario: aquí -¿verdad Felicidad?- descansamos de la insípida y reiterativa comedia de la vida; aquí hacemos una pausa en medio de las alarmantes noticias del telediario, de las frívolas informaciones del mundo rosa y de las tertulias de cotilleo. Ésta es, al menos, una manera ingenua e inofensiva de sentirnos importantes y contentos.
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