Después de leer por los periódicos y escuchar al de los brotes verde , pienso que el Siglo XX pasará a la Historia como el Siglo de los derechos Humanos y el Siglo XXI debe pasar a la Historia como el Siglo de la Madre Naturaleza.
Ojalá, pero lo cierto es, que tanto el XX como el XXI, si no lo remediamos pronto , van a pasar a la Historia por sus genocidios, y de la misma manera que los alemanes de ahora se avergüenzan de las barbaridades de los nazis, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos se darán golpes de pecho porque los padres de sus padres no hicieron bastante para evitar semejantes matanzas ya que el holocausto judío a mi entender es poco al lado del genocidio de fetos que se va a ocasionar con la (PDP) y la cantidad de niñas que abortarán haciendo caso a esta nueva Ley que el gobierno quiere imponer.
Esta masacre se la debemos al Zapatero a la ministra de sanidad Trinidad Jiménez y por último a la,Aido que debería dar gracias a Dios ya que su madre no tomo esa pastillita que ahora ella recomienda y que gracias a eso está comiendo del bolsillo de los Españoles.
Adjunto envío una circular de la plataforma formada por LEY y FARMACIA donde se le pide a Zapatero la dimisión de estas dos mujeres.
Estimado ciudadano/ciudadana:
Como sabes, la Ministra de Sanidad, Trinidad Jiménez, y la titular de Igualdad, Bibiana Aído, han anunciado la decisión de poner a la venta en las farmacias la “píldora del día después” sin necesidad de receta y sin límite de edad. Lo han presentado como un medio eficaz para evitar embarazos no deseados, principalmente entre las jóvenes.
Desde la Plataforma LEY y FARMACIA estamos buscando adhesiones para pedir la dimisión de las Ministras por las razones que exponemos en el escrito que acompaña estas letras.
Si estás de acuerdo, envíanos un email con tu nombre, dos apellidos y tu provincia a:
peticiondimisiones@leyyfarmacia.org
Al Excmo. Sr. PRESIDENTE DEL GOBIERNO DE ESPAÑA
Excmo. Sr. Presidente:
Nos dirigimos a usted mediante estas líneas para solicitar el cese inmediato en el cargo de las actuales Ministras de Sanidad y de Igualdad, la Sra. Dña. Trinidad Jiménez y la Sra. Dña. Bibiana Aído Almagro, a raíz del anuncio de poner a la venta en la farmacias la “píldora del día después” sin necesidad de receta y sin límite de edad. Lo han presentado como un medio eficaz para evitar embarazos no deseados, principalmente entre las jóvenes.
Los motivos para esta solicitud son los siguientes:
* Es falso que la píldora del día después no tenga efectos abortivos como reiteradamente ha señalado la Ministra de sanidad. En el siguiente link podrá ver una sencilla y clara explicación del funcionamiento abortivo de la píldora. (Fuentes: Universidad de Paris VI, FDA, Laboratorios Gedeon Ridcher y Laboratorios Grünenthal); http://www.aciprensa.com/vida/pildorads.swf
* La medida contraviene las sentencias de los tribunales y de la Audiencia Nacional que prohibió dar la píldora sin receta médica.
* Es falso que los farmacéuticos no puedan aducir el derecho de objeción de conciencia por ser un derecho reconocido constitucionalmente y porque su prohibición violaría el código ético de los Farmacéuticos. El TS ya ha tenido ocasión de pronunciarse sobre este derecho de los farmaceúticos afirmando su existencia.
* Por parte de las Ministras se ha ocultado la imprescindible información sobre las contraindicaciones y efectos secundarios del fármaco. Como indican numerosos estudios científicos, este compuesto constituye toda una «bomba hormonal», y puede provocar insuficiencia hepática, aumentar el riesgo de cáncer de hígado y páncreas, producir náuseas (42%) y vómitos (16%), sangrado vaginal(31%), vértigos o mareos (20%), dolor abdominal (15%), fatiga (13%),dolor de cabeza (10%), sensibilidad mamaria (8%), retraso de la menstruación (5%) y diarreas (3%).
* Además de estos efectos secundarios, se han observado también consecuencias como el embarazo ectópico y la formación de coágulos sanguíneos, debido a las dosis hormonales tan elevadas suministradas a las mujeres.
* Ante la nueva situación el farmacéutico se enfrenta en este asunto a un problema de RESPONSABILIDAD SANITARIA, es decir, al no venir dispensado por receta médica se traslada la responsabilidad de las consecuencias al farmacéutico que la dispensa. Hasta el momento el médico o el personal sanitario que las administrase o recetase debía asegurarse de que eran adecuadas para los pacientes, pero desde este momento serán los farmacéuticos los que deban hacerlo siendo responsables de sus consecuencias.
Las declaraciones de la Sra. Ministra de Sanidad respaldadas por la presencia de la Ministra de Igualdad constituyen un engaño además de un peligro para la salud pública.
Las Ministras parecen ignorar las conclusiones de los principales informes presentados en relación a la utilización de la “píldora del día después”, en otros países, que son:
A) La eficacia de la medida liberalizadora, en cuanto a reducir el número de embarazos no deseados se refiere, ha sido mínima o inexistente.
B) El uso de la “píldora del día después” produce el efecto de incrementar el número de relaciones sexuales, al trivializar éstas, lo que podría favorecer el aumento del número de embarazos, abortos y contagio de enfermedades infecciosas de transmisión sexual.
C) Con relación al número de embarazos que terminaban en aborto, las adolescentes que habían utilizado la píldora del día después previamente a su embarazo, tenían 2,8 veces más posibilidades de que su embarazo terminara en aborto, que las que no lo habían hecho. Para las que lo habían utilizado en los 12 meses previos al embarazo, el riesgo de aborto fue 3.01 veces mayor.
Bien sea por ignorancia, bien sea por manipulación intencionada de la realidad, consideramos que cualquiera de las dos situaciones son lo suficientemente graves como para exigir desde este momento la dimisión de las Sras. Ministras al afectar a aspectos tan relevantes como la salud, en primer lugar, y el derecho a una información fehaciente por parte de los ciudadanos a los que deben servir.
Así mismo desde la Plataforma LEY y FARMACIA consideramos de vital importancia el respeto a la profesionalidad de los farmacéuticos, evitando actitudes coercitivas y exigiendo una actitud de prudencia y veracidad a la hora de informar de temas de salud pública. Máxime cuando se pretende trasladar la responsabilidad sanitaria de las posibles consecuencias a este sector.
Por todo ello denunciamos la grave irresponsabilidad de las Ministras Jiménez y Aído al imponer el suministro de una sustancia tóxica bajo la apariencia de un fármaco inocuo, obligando, además, a los farmacéuticos a su dispensación.
Por estos motivos consideramos que es urgente su inmediata destitución.
Atentamente,
Alberto Aizpurua Alonso
Plataforma LEY y FARMACIA
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lunes, 6 de julio de 2009
viernes, 19 de junio de 2009
Celibato de sacerdotes:
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Manuel Mota
Fue hace tres años, a la salida de un cine estábamos tomando un refresco cuando paso un joven, de buen porte y, evidentemente, se trataba de un sacerdote o de un seminarista. Cuando pasó cerca de nosotros, una muchacha que estaba sentada en una mesa al lado nuestro, dijo en voz alta: “¡qué desperdicio!”.
Él se detuvo, dio la vuelta con parsimonia, semblante tranquilo, y con voz pausada, clara y masculina dijo:
“Desperdicios como yo somos llamados por Dios para tratar de salvar a desperdicios como tú”.
En los últimos meses han salido a la luz diversos casos de sacerdotes, e incluso de algún obispo, que fallaron a su promesa o voto de celibato. Más allá del morbo que suscitan todos estos sucesos y que suelen ser objeto de venta por parte de algunos medios de comunicación, y de consumo por parte de muchas personas, está una reflexión más profunda. Digo ya desde ahora que no justifico en ningún caso las acciones, pero me queda claro que tampoco puedo constituirme en juez de nadie, menos después de haber reflexionado un poco más en algunos puntos que no pueden pasar desapercibidos.
El primer punto es relativo al qué hago yo cómo católico por los ministros de Dios. Conozco a no pocas personas que atacan y critican los casos que objetiva o falsamente van saliendo a la luz, incluso siendo creyentes, pero ¿acaso rezamos y nos sacrificamos por ellos?
Es verdad que tanto sacerdotes como religiosas son o deben ser conscientes de la radicalidad de su llamado y de las exigencias que éste mismo implica, pero esta consciencia no nos exime de estar más pendiente de qué necesitan nuestro sacerdotes y religiosos, no nada más materialmente, si bien ya es buen comienzo.
Una palabra de aliento, estar disponibles para escucharles, ayudarles, atenderles… en definitiva vivir la fe, que es también un hondo sentido de familia, debería ser una constante. Su ministerio pastoral es costoso y las más de las veces no vemos todos los sacrificios humanos que se esconden detrás del apostolado de cada una de las personas consagradas.
Otro punto es referente al trato. A veces me llama la atención que las mujeres jóvenes deseen confesarse con los curas jóvenes como si el perdón dependiese de la juventud del confesor. Quizá por prudencia y en un afán de ayuda a través de su consejo, debería ser más habitual acudir a sacerdotes experimentados al momento de tratar o pedir confesión en temas tocantes al sexto y noveno mandamiento, especialmente.
También me impacta la manera como a veces pueden ir vestidas las mujeres ya no solo a ese Sacramento (escotes de pecho y falda, pantalones entallados, etc.). En este contexto, las mujeres respecto a los hombres consagrados, y los hombres respecto a las mujeres consagradas, deberíamos saber presentarnos decentemente delante de ellos. Sí, son parte de nuestra familia en la fe pero no hay que comportarse con familiaridad con ellos: tocarles en todo momento, abrazarles a la primera ocasión, desvivirse en halagos que, además de que pueden ser adulaciones falsas, salen sobrando… El sentido de familia y la familiaridad son dos cosas diversas.
Durante las últimas semanas también me ha venido insistentemente a la mente una pregunta: ¿en quién tengo puesta mi fe? Y está claro: ante todo mi fe está puesta en Cristo. Por tanto el fallo de un sacerdote –o de millones de ellos, si se diera el caso– no debe mermar mi fe en Dios que no falla, y en su Iglesia, medio de salvación. Mi fe no está en el ministro sino en Cristo mismo. Un sacerdote podrá fallar porque puede elegir libremente el mal, pero Dios nunca falla. Me queda claro que a pesar del ministro, Dios actúa. Y esto es una muestra más del milagro y del misterio de la fe: Dios nos puede hacer llegar su gracia a través de cañerías sucias porque nos ama.
No tengo en reparo en decir que besaría las manos de todos los sacerdotes del mundo, también de los indignos; no porque ellos lo merezcan sino porque son las manos que han bajado a Dios a la tierra y un día fueron ungidas con el óleo que los configuró sustancialmente con Cristo.
Vivimos en un tiempo donde la sexualidad ha sido banalizada. Lo erótico se ha convertido en objeto de consumo y más se vende en tanto cuanto esté menos cobijada la persona que exhibe.
La publicidad en la televisión, en las revistas, en los periódicos, en los anuncios espectaculares al lado de las autopistas y carreteras; las canciones, los programas y series de televisión, las películas… todo parece querer llevar en una sola dirección. Y es obvio que un alma consagrada no va con los ojos vendados por el mundo. También es víctima de ese ambiente pero nosotros podemos ayudarlo. ¿Cómo? Cuántos correos electrónicos de dudosa reputación podemos evitarles (o también los que sólo le pueden quitar el tiempo); cuántos regalos verdaderamente útiles de acuerdo a su condición de célibes; cuánta motivación de nuestra parte para espantarle “las moscas que merodean la miel”; ¡hay que seguir suscitando el amor a nuestros sacerdotes y monjas! ¡Apoyemos la vocación de quienes Dios quiere llamar en nuestros hogares! Este año sacerdotal que comenzaremos el próximo día 19 de junio, por iniciativa del Papa Benedicto XVI, es un medio más para revalorar la figura sacerdotal.
No creo que la abolición del celibato sea la medida correcta ante los hechos que hemos ido conociendo y que, quizá en un futuro, se seguirán sucediendo. Y no lo creo porque la fe suele ir contra corriente, la fe no está para adaptarse a lo trivial y novedoso, la fe no es fruto de la democracia. Me parece que la Iglesia ya está haciendo mucho al recordar constantemente cuáles son las motivaciones que debe haber en el candidato al sacerdocio, lo que muchas veces vale también para todas las almas consagradas.
No se me hace justo que precisamente los que hablen contra la castidad consagrada sean precisamente los que han fallado en ese compromiso que un día hicieron consciente y libremente esas personas. ¿Y los testimonios de tantos otros que viven sus compromisos de amor con Dios, por qué no salen a la luz con tanta insistencia como los de los absentistas?
Cuando aquel joven sacerdote –¿o seminarista?– respondió de esa manera a la chica, comprendí que ese hombre amaba su vocación y tenía clara la misión que Dios le había confiado y él aceptó realizar. Desde entonces he caído en la cuenta que mi misión como católico es también la de apoyar esa misión que, en definitiva, también es la todos los que creemos en Cristo.
Manuel Mota
Fue hace tres años, a la salida de un cine estábamos tomando un refresco cuando paso un joven, de buen porte y, evidentemente, se trataba de un sacerdote o de un seminarista. Cuando pasó cerca de nosotros, una muchacha que estaba sentada en una mesa al lado nuestro, dijo en voz alta: “¡qué desperdicio!”.
Él se detuvo, dio la vuelta con parsimonia, semblante tranquilo, y con voz pausada, clara y masculina dijo:
“Desperdicios como yo somos llamados por Dios para tratar de salvar a desperdicios como tú”.
En los últimos meses han salido a la luz diversos casos de sacerdotes, e incluso de algún obispo, que fallaron a su promesa o voto de celibato. Más allá del morbo que suscitan todos estos sucesos y que suelen ser objeto de venta por parte de algunos medios de comunicación, y de consumo por parte de muchas personas, está una reflexión más profunda. Digo ya desde ahora que no justifico en ningún caso las acciones, pero me queda claro que tampoco puedo constituirme en juez de nadie, menos después de haber reflexionado un poco más en algunos puntos que no pueden pasar desapercibidos.
El primer punto es relativo al qué hago yo cómo católico por los ministros de Dios. Conozco a no pocas personas que atacan y critican los casos que objetiva o falsamente van saliendo a la luz, incluso siendo creyentes, pero ¿acaso rezamos y nos sacrificamos por ellos?
Es verdad que tanto sacerdotes como religiosas son o deben ser conscientes de la radicalidad de su llamado y de las exigencias que éste mismo implica, pero esta consciencia no nos exime de estar más pendiente de qué necesitan nuestro sacerdotes y religiosos, no nada más materialmente, si bien ya es buen comienzo.
Una palabra de aliento, estar disponibles para escucharles, ayudarles, atenderles… en definitiva vivir la fe, que es también un hondo sentido de familia, debería ser una constante. Su ministerio pastoral es costoso y las más de las veces no vemos todos los sacrificios humanos que se esconden detrás del apostolado de cada una de las personas consagradas.
Otro punto es referente al trato. A veces me llama la atención que las mujeres jóvenes deseen confesarse con los curas jóvenes como si el perdón dependiese de la juventud del confesor. Quizá por prudencia y en un afán de ayuda a través de su consejo, debería ser más habitual acudir a sacerdotes experimentados al momento de tratar o pedir confesión en temas tocantes al sexto y noveno mandamiento, especialmente.
También me impacta la manera como a veces pueden ir vestidas las mujeres ya no solo a ese Sacramento (escotes de pecho y falda, pantalones entallados, etc.). En este contexto, las mujeres respecto a los hombres consagrados, y los hombres respecto a las mujeres consagradas, deberíamos saber presentarnos decentemente delante de ellos. Sí, son parte de nuestra familia en la fe pero no hay que comportarse con familiaridad con ellos: tocarles en todo momento, abrazarles a la primera ocasión, desvivirse en halagos que, además de que pueden ser adulaciones falsas, salen sobrando… El sentido de familia y la familiaridad son dos cosas diversas.
Durante las últimas semanas también me ha venido insistentemente a la mente una pregunta: ¿en quién tengo puesta mi fe? Y está claro: ante todo mi fe está puesta en Cristo. Por tanto el fallo de un sacerdote –o de millones de ellos, si se diera el caso– no debe mermar mi fe en Dios que no falla, y en su Iglesia, medio de salvación. Mi fe no está en el ministro sino en Cristo mismo. Un sacerdote podrá fallar porque puede elegir libremente el mal, pero Dios nunca falla. Me queda claro que a pesar del ministro, Dios actúa. Y esto es una muestra más del milagro y del misterio de la fe: Dios nos puede hacer llegar su gracia a través de cañerías sucias porque nos ama.
No tengo en reparo en decir que besaría las manos de todos los sacerdotes del mundo, también de los indignos; no porque ellos lo merezcan sino porque son las manos que han bajado a Dios a la tierra y un día fueron ungidas con el óleo que los configuró sustancialmente con Cristo.
Vivimos en un tiempo donde la sexualidad ha sido banalizada. Lo erótico se ha convertido en objeto de consumo y más se vende en tanto cuanto esté menos cobijada la persona que exhibe.
La publicidad en la televisión, en las revistas, en los periódicos, en los anuncios espectaculares al lado de las autopistas y carreteras; las canciones, los programas y series de televisión, las películas… todo parece querer llevar en una sola dirección. Y es obvio que un alma consagrada no va con los ojos vendados por el mundo. También es víctima de ese ambiente pero nosotros podemos ayudarlo. ¿Cómo? Cuántos correos electrónicos de dudosa reputación podemos evitarles (o también los que sólo le pueden quitar el tiempo); cuántos regalos verdaderamente útiles de acuerdo a su condición de célibes; cuánta motivación de nuestra parte para espantarle “las moscas que merodean la miel”; ¡hay que seguir suscitando el amor a nuestros sacerdotes y monjas! ¡Apoyemos la vocación de quienes Dios quiere llamar en nuestros hogares! Este año sacerdotal que comenzaremos el próximo día 19 de junio, por iniciativa del Papa Benedicto XVI, es un medio más para revalorar la figura sacerdotal.
No creo que la abolición del celibato sea la medida correcta ante los hechos que hemos ido conociendo y que, quizá en un futuro, se seguirán sucediendo. Y no lo creo porque la fe suele ir contra corriente, la fe no está para adaptarse a lo trivial y novedoso, la fe no es fruto de la democracia. Me parece que la Iglesia ya está haciendo mucho al recordar constantemente cuáles son las motivaciones que debe haber en el candidato al sacerdocio, lo que muchas veces vale también para todas las almas consagradas.
No se me hace justo que precisamente los que hablen contra la castidad consagrada sean precisamente los que han fallado en ese compromiso que un día hicieron consciente y libremente esas personas. ¿Y los testimonios de tantos otros que viven sus compromisos de amor con Dios, por qué no salen a la luz con tanta insistencia como los de los absentistas?
Cuando aquel joven sacerdote –¿o seminarista?– respondió de esa manera a la chica, comprendí que ese hombre amaba su vocación y tenía clara la misión que Dios le había confiado y él aceptó realizar. Desde entonces he caído en la cuenta que mi misión como católico es también la de apoyar esa misión que, en definitiva, también es la todos los que creemos en Cristo.
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