martes, 7 de abril de 2009

Obituario

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ObituarioChano Lobato: un hombre cabal

José Antonio Hernández Guerrero

Juan era -es- una de esas personas que, por su arte, por su bondad y, sobre todo, por su calidad humana no deberían morir. Este hombre bueno ha sido uno de esos seres valiosos, amados y únicos cuya sola existencia nos hace seguir confiando en la humanidad porque mitigan las atrocidades que otros han hecho. Somos muchos los aficionados y los amigos que, tras conocer su estado de salud, habíamos gritado, corazón adentro, pidiendo que no se nos muriera.

Gracias a su sentido del compás, a su amplitud de registros, al dominio de su voz y, sobre todo, a su intensa capacidad emotiva y a su fuerza transmisora, Chano Lobato ha entrado, por derecho propio, en la historia de nuestra cultura contemporánea. Con su voz quebrada y con su alma lastimada, logró ahondar o aligerar cualquier tipo de cante acomodándolos al “trance” que vivía o celebraba: tenía poder para “hacer” unas chuflillas “jondas” y una soleá, “liviana”.

Lo que para otros cantaores ha constituido una irreconciliable disyuntiva, él lo conjugó en armoniosa unidad: supo concentrar la “jondura”, el compás, el genio y la gracia; armonizó la savia del clasicismo con el aroma de la renovación; hermanó el duende con el ángel, la vibración del drama con la chispa de la gracia; condensó la amplia gama plástica de la sensibilidad gitana en el señorío majestuoso del sentido popular andaluz. Su cante representa el equilibrio entre el grito elemental y el cante elaborado.

Pero en estos momentos de dolor, nosotros queremos destacar, sobre todo, la exquisita sencillez, la expansiva amabilidad y la esmerada nobleza de un hombre bueno que, con su cuidado aspecto de genio distraído ha proporcionado un toque de distinción al arte popular. Chano –Juan- seguirá vivo en esta tierra, en los corazones de quienes le conocimos, quisimos, y admiramos. Ha fallecido un sabio de los cantes de Cádiz, un privilegio de la gracia y del compás, un hombre cabal.
Que descanse en paz.

viernes, 3 de abril de 2009

Torpeza_sábado_4_abril

José Antonio Hernández Guerrero

Ya les he dicho que Lola acogió en su hogar a Rocky porque fue empujada por un sentimiento de lástima, tras haber contemplado su mirada triste y apagada. Le había sorprendido la rapidez con la que él cogió confianza y la habilidad con la que, según ella, interpretaba todas sus palabras, sus gestos e, incluso, las expresiones de su rostro. Rocky advertía a la perfección cuando ella estaba contenta o disgustada, preocupada o distendida. Su marido, Sebastián, y sus dos hijos, Pepe y Rosa, comentaban cómo, aquella inicial lástima de Lola se fue transformando en unos sucesivos sentimientos de compasión, de afecto y de ternura, que ella expresaba a través de los múltiples cuidados que le prodigaba: lo duchaba varias veces a la semana, lo peinaba y hasta lo perfumaba con una colonia perruna.

Pero lo que más llamaba la atención a los amigos que visitaban la casa era el confort de la caseta que le preparó en un rincón de su espaciosa cocina. Pepe –el que más molesto se sentía por este comportamiento de la madre- con indisimulado tono de indignación le repetía una y otra vez: “¡Hay que ver la habilidad que tienes para convertir a Rocky en un perro mariquita!”

Según unas investigaciones realizadas recientemente en la Universidad de Estocolmo, las nuevas generaciones de perros con pedigrí, normalmente sociables y curiosos por naturaleza, se están volviendo desinteresados, indolentes, tímidos y menos obedientes a las órdenes de sus amos. Han llegado a la conclusión de que estos perros están perdiendo los instintos que tenían sus predecesores. Según los análisis de varios especialistas, estos cambios de comportamiento obedecen a la excesiva “civilización”, “urbanización” o “domesticación” de unos animales cuyo hábitat natural no son las actuales viviendas urbanas donde, además de perder su fuerza, su agilidad y sus habilidades, se hacen perezosos, cómodos, torpes, amanerados y presumidos.

Reconozco –queridos lectores- que soy uno de esos comentaristas que adoptan cierta prevención a la hora de abordar asuntos relacionados con la disciplina, con la austeridad, con el sacrificio, con el esfuerzo, con la sobriedad, con el trabajo; les confieso que -debido a mi frivolidad- me preocupa que tachen mis comentarios de sermones o de piadosas recomendaciones ascéticas, pero no tengo más remedio que admitir que estos modelos de vida muelle que los adultos ofrecemos en la actualidad a los niños, a los adolescentes y a los jóvenes, y que las blandas pautas de comportamiento que les transmitimos en la familia y que, además, el bombardeo publicitario que reciben de manera permanente les impiden que descubran la necesidad de cultivar esas virtudes que, fortaleciendo el cuerpo y el espíritu, los preparan para luchar en unas condiciones que cada vez les son más adversas.

Les juro que les digo la verdad si les cuento que un catedrático de universidad me confesó con toda seriedad que le gustaría ser rector para viajar en un conche de lujo conducido por un chófer oficial. ¿También creen ustedes que el lujo en los despachos, en los atuendos o en los vehículos es una exigencia ineludible para mantener la dignidad de un cargo de servicio público? ¿Piensan de verdad que, para inspirar respeto, son necesarios el derroche y la ostentación? ¿Creen que el buen gusto y la elegancia tienen mucho que ver con los presupuestos dedicados a gastos suntuarios? ¿Piensan de verdad que el buen gusto y la elegancia es igual que confort, la pompa y el boato? Nada me extrañaría que algunos piensen que estas ideas han de ser tachadas de fácil demagógicas.

sábado, 28 de marzo de 2009

EL LOCO DE LA SALINA

VUELVO A SER ABUELO

El lunes pasado, día 23 de marzo, dos días después de que comenzara la primavera, a las 19,15 horas y en el Hospital Puerta del Mar de Cádiz vino al mundo Martina. La tarde estaba jugando con el levante y quitándose la manta de un invierno que para nosotros se queda. Ya soy abuelo por segunda vez y, aunque hay muchos temas candentes sobre los que escribir, me van a perdonar, pero hoy no tengo cabeza para otra cosa que no sea Martina. Abundante pelo negro, dos ojos como dos ventanales, unas pestañas que son abanicos, unos deditos largos de pianista, una carita tan rosa como la ropa que tenía ya preparada y un cuerpo para comérselo de un bocado. ¿Qué va a decir su abuelo? Pues eso, lo que piensa. ¿Ha visto algún loco que no diga lo que piensa, aunque los demás crean que son pamplinas? Allí, con el oído pegado a la puerta del paritorio, estaba este loco atento al primer llanto. ¿Estará bien? ¿Tendrá algún problema? Cuando la escuché llorar, pensé dos cosas. La primera fue que llorar era una buena señal, porque la vida no es más que un valle de lágrimas y Martina se acomodaba rápidamente a la situación. La segunda fue que todo tiene una explicación y, como decía W. Shakespeare, lloramos al nacer, porque venimos a este inmenso escenario de dementes. Luego contemplé su primera foto, enviada por mi yerno con su móvil desde el mismo paritorio. Después la cogí en brazos y me dijeron que pesaba 2,9 kilos, pero a mí me pareció más ligera de peso que un gorrión. Y luego la sensación de verme con un paso más hacia delante, hacia el abismo profundo o hacia la escalera gloriosa, según se mire. Y a los locos nos gusta siempre elevar la mente y vivir en las nubes y, si es posible, permanecer en la Luna el mayor tiempo posible.

Martina ha nacido en plena crisis, pero a las puertas de la más floreciente estación del año, o sea, entre la oscuridad y la luz. No le voy a decir que estoy loquito por ella, porque ya lo estaba, según los facultativos, antes de que naciera. Y en los pocos días que lleva Martina entre nosotros ya me ha demostrado que también arrastra en su cabecita algo de la locura que tiene su abuelo, porque no atiende a razones y llora a rabiar, sobre todo cuando le aprieta el hambre, que es casi siempre.

Su nombre me encanta, porque todo concuerda. En la mitología romana, Marte, en latín Mars, era el dios de la guerra, hijo de Júpiter y de Juno, aunque en un principio era el dios de la fertilidad, la vegetación y el ganado. Se le representaba como a un guerrero con armadura y con un yelmo. Y a Martina se le ve guerrera y poco conformista. Marte también dio nombre a Marzo, mes de comienzo de las primeras luces y mes de su nacimiento. Además Marte es el cuarto planeta del sistema solar y próxima parada y fonda del hombre en el espacio, con lo que tiene todo un futuro por delante. También es día de la semana y primer día en que Martina vio su primer amanecer. Quizás llegue a gustarle el tenis como a Navratilova, aunque habrá que dejar pasar el tiempo.
Asociado su nombre a la palabra martillo, espero que sea dura ante la vida y constante como lo es su madre.

Ya tengo la parejita, como me dicen algunos. Espero disfrutar de los dos hasta que vengan a buscarme. Decía Ernesto Sábato que la vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil, que, cuando uno empieza a aprenderlo, ya hay que morirse.

Martina, que seas feliz y que tengas claro que las locuras que más se lamentan en la vida son las que no se cometieron cuando se tuvo la oportunidad. De tu loco abuelo.

Crisis de humanidad

José Antonio Hernández Guerrero

Aunque no podamos afirmar que lo hacen con una intención premeditada -como, por ejemplo, con el noble propósito de evitar que cunda la indignación entre los electores-, hemos de reconocer que el mensaje explícito que lanzan los políticos, y que, a una, nos transmiten todos los medios de comunicación, es que esta crisis económica mundial es un fallo exclusivo del sistema y que, por lo tanto, no podemos señalar a ningún culpable. Si no avanza el tren, en el que -instalados en diferentes categorías- todos viajamos, y si recula sin que podamos frenarlo, es porque la máquina se ha estropeado y no porque los técnicos sean unos ineptos y los maquinistas unos aprovechados: es porque algunas de las piezas no están bien ajustadas, y no porque, por culpa de los que llevan el volante, la máquina se ha salido de la vía y corre sin rumbo.

Nosotros opinamos que las claves de la crisis –ese profundo agujero del que los economistas, los políticos, los periodistas y ni siquiera los espeleólogos aciertan en divisar el fondo- están encerradas en la caja negra que nadie se atreve a abrir. La razón del despiste tan generalizado que sufren los “especialistas” estriba, en cierta medida al menos, en la decisión de poner parches mientras que renuncian a profundizar en las raíces éticas de la dolencia. Como ocurre con el dolor, con la fiebre y con los demás síntomas patológicos, estos trastornos económicos deberían hacernos conscientes, al menos, de que el motor de la conciencia moral y social ha fallado.

Esta crisis económica es, además, una llamada de atención para que los responsables se detengan, hagan un diagnóstico acertado y apliquen los remedios eficaces. Pero el cuadro de síntomas se complica gravemente cuando, en vez de interpretar correctamente esas advertencias, los “curanderos” se empeñan en ocultarlas mediante la aplicación de simples calmantes que nos distraen pero que no eliminan el daño: no podemos curar el cáncer que nos corroe las entrañas –la conciencia- con una simple aspirina.

Está bien que los políticos serenen los ánimos de los ciudadanos a condición de que, al mismo tiempo, concentren sus energías en la búsqueda de soluciones eficaces; no es admisible que resten importancia a los problemas ocultando sus datos fundamentales. Si no es suficiente, como ha hecho Obama, denunciar las raíces éticas de unas prácticas perversas, tampoco es válido, como acostumbra Zapatero, generar unas ilusionantes expectativas, sin identificar el origen de los males o, como hace Rajoy, lamentarse sin proponer remedios concretos.

En el fondo de crisis económica actual encontramos una crisis de humanidad que consiste en considerar que la parte más importante del ser humano es el bolsillo. Las raíces hondas de esta crisis que presenciamos todos, que lamentamos muchos y que sufren los de siempre, se ahonda en un egoísmo suicida que anula la cooperación y la solidaridad. Mientras que no orientemos todas las actividades económicas por un concepto integrador del ser humano que considere la dimensión individual-personal y la social-comunitaria, mientras que se concentren todos los esfuerzos en resolver sólo la crisis económico-financiera aplicando la única receta de los despidos baratos y de los recortes de salario, dejando empantanada la crisis de humanidad, los problemas más graves seguirán acuciando a la gran mayoría de ciudadanos.

viernes, 20 de marzo de 2009

GUERRA A LOS CONDONES. El loco de la Salina

Por lo visto ahí fuera no hay quien se aburra y aquí dentro menos. Todos los días nos desayunamos los locos con una noticia sorprendente que deja en pañales a la del día anterior. Ahora el Jefe de Estado del Vaticano ha ido a África a poner las cosas en su sitio. Y nada más llegar lo ha puesto claro: nada de esto, nada de lo otro y nada de condones. O sea, a pelo. Guerra a los condones.

No me puedo explicar la aversión que estos señores les tienen a los condones, cuando son simples fundas de plástico, aunque, eso sí, de diseño pecaminoso y provocador. Tampoco sé lo que los traductores les habrán trasladado a los negritos, pero no deben ser muy buenas las traducciones, porque las criaturas siguen levantando las banderitas como si el tema no fuera con ellos. Condenas por aquí, excomuniones por allá, prohibiciones por el otro sitio. Y el Sida loco de contento al contar con tan buenos amigos. ¿Se han vuelto locos? Tampoco es malo volverse loco, pero sin abusar y sobre todo sin que los demás quedemos de idiotas.

Sin embargo nada de esto es nuevo. Ha sido costumbre del Vaticano a través de los tiempos ir a por todas y no precisamente cuando tenía que haberlo hecho. Por ejemplo, prefirió apoyar (he dicho apoyar) al dictador y no excomulgarlo. O se pasa o no llega.
Esa obsesión por el sexo y todo lo que cuelga es algo que llama la atención, sobre todo en boca de caballeros que ni comen (es un decir), ni dejan comer (es un hecho).


Después me sale el otro, con una cara de místico que se la pisa, diciendo lo del lince. No entiendo nada. Parece que quiere decir que los niños son una especie que está en extinción, como el lince, y que por tanto hay que protegerlos. Y a las madres ¿quién las protege? ¿Ustedes? ¿Cuándo lo han hecho? En todo caso, Monseñor, no diga más lo del lince para no darles pistas a los cazadores, que aquí el más tonto coge una escopeta y se lía a tiros, aunque se juegue el puesto. ¿Ha probado usted a casarse, a tener hijos, a sufrir suegra y a padecer los mismos problemas que soporta la mayoría de la gente a pie de obra? Ah, que lo ha leído en los libros. Perdone, pero lea menos y viaje más. El único lince que hay aquí es usted, porque se las ve venir. Para colmo entre los estudios de Teología no aparece la materia de Biología, con lo que usted se convierte en el maestro Liendres, que de todo sabe y de nada entiende.

Y digo yo. Todo ese interés que manifiesta el Jefe de Estado del Vaticano, junto con la Curia, cardenales y demás séquito pontificio (por cierto, estos montajes no aparecen en los Evangelios) por las decisiones de las mujeres, ¿por qué no lo hacen patente en temas que también afectan a las mujeres y que tienen en sus manos resolver rápidamente? Por ejemplo. ¿Por qué no hay mujeres curas? ¿No son dignas? ¿Por qué no hay mujeres Papas? ¿No están preparadas?

¿Las mujeres son solamente objeto de tentaciones horribles? Cuando se reúnen tantos cargos eclesiásticos masculinos ¿ninguno de ellos se siente machista hasta las trancas? ¿Por qué no ofrecen un decidido respaldo a los curas que se quieren casar? ¿Por qué no les dan su sitio y reconocimiento a los curas ya casados después de superar muchos problemas y obstáculos? ¿Por qué no quitan ya lo del celibato (por cierto, nada se dice en los Evangelios sobre el particular)? ¿Tan malas son las mujeres que no se deciden ustedes a apoyarlas (he dicho apoyarlas)? Entre los linces que hay aquí y la hipocresía de que algunos hacen gala estamos apañados y apañadas.

¿Saben ustedes lo que va a pasar? Que por todas estas barbaridades pedirán un humilde perdón dentro de 500 años, lo mismo que hicieron con Galileo Galilei, cuando estemos calvos y calvas.

Viejos y ancianos


Viejos y ancianos
José Antonio Hernández Guerrero

La interesante, amena y profunda conversación que acabo de mantener con los académicos Antonio Mingote, Gregorio Salvador y Darío Villanueva me ha generado una reflexión sobre las diferentes maneras de recorrer nuestros respectivos tiempos. Ellos constituyen demostraciones contundentes de que los hombres y las mujeres envejecemos de una forma distinta de la que lo hacen un caballo o una palmera, una vela o una mesa.

El envejecimiento de los animales y de las plantas es parecido al deterioro de los objetos materiales: es un proceso de desgaste progresivo que limita sus actividades e impide sus funciones orgánicas. Con el paso del tiempo, estos seres se convierten en instrumentos inservibles y, en consecuencia, son desechados.

Los seres humanos, por el contrario, a medida que pasa el tiempo, si cuidamos el cuerpo y el espíritu, seguimos creciendo hasta que la última enfermedad nos apaga la vida. Hemos de distinguir, por lo tanto, la ancianidad y la vejez. La primera noción posee un contenido positivo, y la segunda, por el contrario, una connotación negativa. Preparar la ancianidad es mirar nuestra propia existencia examinado los elementos que pueden resultarnos rentables: es prestar atención al camino recorrido y contemplarnos a nosotros mismos duplicados.

Con este fin hemos de decidirnos a aceptar serenamente las realidades, a respetar espacios y los tiempos vitales y, en resumen, a comprender nuestras vidas. Preparar la ancianidad es cuidar el organismo con el fin de prolongar su capacidad de movimiento y de aumentar la sensibilidad, esa facultad de disfrutar con los olores, sabores, sonidos, texturas, luces y colores, pero, sobre todo, con el propósito de lograr que se desarrollen las destrezas de recordar y olvidar, de esperar y soñar, de hablar y callar, de amar y crear.

El arte de envejecer consiste, sobre todo, en desplegar todas las capacidades para seguir creciendo, para alcanzar una vida más plena, más consciente, más intensa y más humana: para interpretar, comprender, valorar, disfrutar y vivir plenamente en el mundo actual. Por eso afirmamos que una ancianidad confortable tiene mucho que ver con la salud del cuerpo, con el alimento del espíritu, con el crecimiento ético y con la educación estética, con el trabajo y con el ocio, con los recuerdos y con las ilusiones, con la esperanza y con el amor, con la vida y con la muerte.

Ocupados y preocupados por los múltiples quehaceres de cada día, no caemos en la cuenta de que el mayor capital que poseemos es la propia vida y, en consecuencia, no encontramos con facilidad las fórmulas adecuadas para administrarla ni, mucho menos, para aprovecharla extrayendo todos sus jugos. Pero para vivir humanamente también deberíamos comprender la aparente paradoja según la cual vivimos más plenamente la vida, si no nos apegarnos excesivamente a la vida, si dejamos que nuestro tiempo fluya mansamente hasta llegar a su plenitud.

Hemos de ser conscientes de que aferrándonos excesivamente a la vida, en vez de purificarla, la dañamos y, a veces, la acortamos. Este pensamiento está formulado, como es sabido, en el Evangelio de San Juan: “El que ama su vida la perderá”. La ancianidad es la época en la que recogemos los frutos maduros y saboreamos los jugos nutritivos de las experiencias más fecundas y gratificantes de nuestra existencia.

lunes, 16 de marzo de 2009

EL LOCO DE LA SALINA

YA ESTÁ BUENO LO BUENO

El pasado fin de semana me dieron por fin permiso y aproveché para darme una vuelta por La Isla. Y me dieron permiso ahora y no antes, porque el director del manicomio dice que el carnaval era cosa de locos y que lo que nos conviene a nosotros es la Semana Santa. Pues no lo entiendo. ¿Quién puede comprender que nos aparten de lo nuestro y nos recomienden lo que es propio de personas formales? Es lo que menos soporto de este manicomio, que me priven de febrerillo el loco y que me adoctrinen en marzo. ¿Será por vivir en pecado permanente y en un año repleto de semanas no santas?

En fin, que dando unas vueltas por La Isla y, aparte de que la calle Real no la está conociendo ya ni la madre que la parió, como aseguraba el otro, tengo que decir que hay cosas que me siguen llamando mucho la atención.

De siempre La Isla ha tenido gente pidiendo por las calles, pordioseros, estafadores de las limosnitas, pobres de solemnidad, pobres de apariencia, lectoras de manos a cambio de euros, personal ofreciendo ramitas de romero a cambio de lo mismo, inundaciones de estampitas de cualquier santo, mecheritos encima de un papel…
Eso ha pasado desde que yo empezaba a estar loco y sigue pasando ahora que mi locura me lleva al pozo de las pamplinas más gordas.

El problema es que La Isla se está llenando de pordioseros tirados por las calles, incluso las más céntricas, en un plan que se pasa ya del marrón Obama. La estampa cotidiana es un señor o una señora sentado de día o tirado de noche, con un perro a sus pies, siempre con un tetrabrik o con una litrona, con muchísima mierda encima tanto el personaje como la presunta manta, diciéndole impertinencias y groserías a todo el que pasa, con una peste encima que el mismo perro se tapa sus cinco sentidos como puede…

Además Dios los cría y ellos se juntan. De vez en cuando se reúne el grupo de los que andan por ahí sueltos y dan el numerito completo a la vista de todo el mundo.
En La Isla tenemos todos los días el ejemplo más claro en la calle Rosario, calle céntrica y de muchos comercios. Una señora coge unas tajadas impresionantes, de las que únicamente sale para coger otras más gordas. El tinto peleón o la cerveza preside el lugar escogido. Si hay que mear en un momento dado, se mea allí mismo y eso es lo que hay. Si hay que hacer otras necesidades mayores, se hacen allí mismo o se busca una casapuerta cercana y todo el mundo a aguantar. A lo que se ve, deben pensar que, como hay libertad y la democracia los hace medio tontos (el ejemplo lo tienen en mí mismo), pues nada, todo esto es normal y hay que soportarlo. El ejemplo para la gran cantidad de niños que pasan por esa calle es desastroso. El comercio no protesta para nada, que yo sepa. El director de la Caja Rural, cuya entrada por esa calle Rosario, es el lugar favorito de estos señores y señoras, debe ser un hombre paciente y de nombre Job, por aguantar ese espectáculo diario sin pestañear.

En fin, que dicho queda, porque una cosa es la pobreza y la necesidad, y otra bien distinta es hacernos ver que es posible una vida propia de animales en un mundo mínimamente civilizado como es éste que sufrimos. Estas personas padecen la enfermedad del alcoholismo y de alguna manera habría que socorrerlas, tanto si se dejan como si no se dejan. A mí, por ejemplo, me metieron a la fuerza en este manicomio.

En todo caso tengo que destacar la pasividad de las autoridades ante situaciones extremas como éstas que son infrahumanas, no constituyen un ejemplo para los niños y jóvenes, y no benefician para nada a esta ciudad.

Sortear la vejez y vivir la ancianidad

José Antonio Hernández Guerrero El comienzo de un nuevo año es –puede ser- otra nueva oportunidad para que re-novemos nuestr...