sábado, 14 de marzo de 2009

Protocolos


Protocolos
José Antonio Hernández Guerrero

En esta ocasión no me refiero al significado notarial de esta palabra ni a su sentido ceremonial, sino al uso que, en la actualidad, se ha generalizado en la informática y que, rápidamente, hemos aplicado a las enseñanzas. Tengo la impresión de que muchas de estas nuevas técnicas didácticas no ayudan demasiado para que los alumnos ejerciten el pensamiento, el cálculo y la imaginación, unas destrezas que, en la actualidad, son difíciles e imprescindibles.
Con excesiva frecuencia, los profesores nos limitamos a proporcionar “recetas”, fórmulas estereotipadas que, como las etiquetas y las marcas, son fáciles de memorizar y de usar pero que, debido a su simplificación, impiden el planteamiento y la solución de los múltiples y complejos problemas que hemos de resolver en el ejercicio de las diferentes profesiones e, incluso, en las actividades de la vida familiar y social.
Las ventajas indudables que nos proporciona el uso -inevitable y generalizado- de los ordenadores tienen, sin duda alguna, unos inconvenientes que, a mi juicio, son más graves de lo que a primera vista nos puede parecer. El empleo de los protocolos, esos programas que, de manera automática, nos permiten intercambiar datos en Internet, hace que perdamos unas habilidades que son útiles y necesarias para desarrollar con facilidad gestiones de la vida ordinaria. La consecuencia de la facilidad y de la rapidez que nos prestan las calculadoras en la realización de operaciones aritméticas, por ejemplo, es la inhibición y, a veces, el anquilosamiento de los hábitos de pensar, analizar, comparar, sintetizar y reflexionar.
Pero, si es negativo que, debido al empleo permanente de estos aparatos, tengamos dificultades para sumar, restar, multiplicar o dividir, mucho más grave es, a mi juicio, la pérdida de la habilidad de leer –descifrar, interpretar y valorar- los textos y la vida. No solemos advertir que esos tets que se están generalizando en los exámenes e, incluso en las oposiciones de titulaciones médicas y humanísticas como la Lingüística, la Literatura, el Arte o la Psicología, no sirven para medir la complejidad de la mayoría de las situaciones humanas. Cada vez más estamos olvidando que una adecuada formación profesional implica el desarrollo de la capacidad de escuchar atentamente, de contemplar los detalles y de analizar los matices.
La enseñanza se está contagiando de las prácticas a las que nos acostumbra las técnicas publicitarias que nos domestican para que traguemos mensajes formulados en términos imperativos en los que sólo se incluyen invitaciones para que actuemos sin pensar. La consecuencia es que los alumnos leen obras literarias sin profundizar, sin emocionarse y sin disfrutar.
Si un protocolo es un método útil para que dos ordenadores se comuniquen entre sí, no siempre sirve para que dos personas dialoguen, se entiendan y se comprendan. Las respuestas estandarizadas, a veces, ocultan, enmascaran y, por lo tanto, despistan en la búsqueda de remedios eficaces. A mi juicio, la lectura debe estar hondamente arraigada en la dura experiencia personal e íntimamente amasada en un permanente monólogo interior. Por eso deberíamos invitar a los alumnos para que profundicen en sus experiencias lectoras y para que se atrevan a pensar.

domingo, 8 de marzo de 2009

EL LOCO DE LA SALINA. Cinco marzo cero nueve

¿SON BLANDAS LAS MUJERES?

El domingo se celebra el Día Internacional de la Mujer. Han puesto carteles por todas las paredes del manicomio dando la noticia y ya me han puesto en un aprieto, porque ahora me veo obligado a regalarle algo a la loca de enfrente con el pedazo de crisis que tenemos encima. Por eso me he encerrado en mi habitación y le he dicho a mi compañero de celda que no estoy ni para mí ni para nadie. Solamente estoy para buscarle a ella un regalo bueno, bonito y barato, que no está la cosa para muchas alegrías. Los regalos no tienen por qué ser algo que se toca, ni que se compra, ni nada por el estilo. Muchas veces una pequeña flor hace el papelón y quedamos divinos. Dándole vueltas al asunto, de pronto se ha encendido una suave luz en el túnel de mi cerebro y he decidido regalarle unos cuantos pensamientos, que además de ser profundos son buenos, porque no hacen daño, son bonitos y además son gratis. He cogido el diccionario y entre una cosa y otra le voy a revelar un secreto. Por lo visto la palabra “mujer”, al igual que otros cientos de palabras, viene del latín “mulier”. Hasta ahí lo de siempre, que el castellano procede del latín y así lo dice el diccionario. Sin embargo me he metido más a fondo y he podido comprobar que “mulier” a su vez procede de “mollis aer”, que significa “materia muelle”, o sea, blanda.

Me he quedado de una pieza, porque no me concuerda el significado inicial encontrado con lo que la mujer es y representa en el mundo actual. Parece que antiguamente la mujer era blanda y de hecho todavía algunos, en su afán por marcar las distancias, la conocen por el sexo débil. Craso error. Hay que reconocer que en Cádiz, en Andalucía, y en el orbe terráqueo siguen en sus trece los machistas puros y duros que ni se enteran ni se quieren enterar de que todo eso va cambiando a marchas forzadas.

Por tanto, aparte de regalarle la procedencia del vocablo “mujer”, me ha parecido también oportuno decirle cuatro piropillos. De blanda, nada, mujer. La mujer es algo parecido a los cimientos de una casa. Y no hay cosa más dura que el hormigón que sirve de base a todo lo que lleva encima. Ella, más dura que las tabletas de piñonate, mantiene su dulzura y al mismo tiempo no para de trabajar en casa, aunque trabaje también fuera sin tener un reconocimiento por eso. Tampoco gana un mínimo sueldo por tanta responsabilidad, aunque todo el mundo estaría de acuerdo en que no hay derecho. Siempre está pendiente de que no falte nada en casa y se desvela por llevar adelante el hogar. ¿Qué más se puede pedir? De blanda, nada. Ha sudado a lo largo de la Historia para buscarse un rincón en el aprecio de los hombres. Le ha costado un riñón ejercer el derecho al voto. En algunas civilizaciones actuales todavía no se han enterado del tema y andan con el látigo levantado y con un trato vejatorio hacia ella. Incluso a la hora de parir, tiene que aguantar que aquí la cigüeña, sin comerlo ni beberlo, es la que coge el vuelo y se lleva los honores y los aplausos. La mujer es la que carga nueve meses con la barriga a reventar y da la cara en el paritorio sin esconderse. Si los hombres pariéramos, otro gallo cantaría y desde luego habría que escucharnos detenidamente. Y por si faltaba algo, nunca se prejubila, ni se jubila, como decía la chirigota de Los Prejubilados hace un par de años.

Por todo ello, felicidades y decirte, mujer, que la lucha no ha terminado y que te quedan muchos pasos por dar en un mundo que no te ha valorado todavía suficientemente. No sé decir más cosas, pero estas líneas son mi regalo para ti.

viernes, 6 de marzo de 2009

Francisco Álvarez Mateo

Fallece el padre Francisco Álvarez Mateo
Un servidor de su pueblo que cumplía la gozosa tarea de anunciar el Evangelio

José Antonio Hernández Guerrero

Francisco Álvarez Mateos, con sus gestos sobrios y con sus actitudes discretas, nos ha animado para que nos despojáramos de poses ridículas, de fórmulas estereotipadas, de posturas artificiales que, máscaras inútiles, ocultan o disimulan nuestra radical pequeñez. “Tenemos -repetía- que confiar en el amor misericordioso de nuestro Padre que está en el cielo y en la tierra, en las iglesias, en las calles, en nuestras casas y en el fondo de nuestro corazón”, y explicaba aquella frase del Evangelio: “Él se revela, no tanto a los sabios y a los entendidos, sino a la gente sencilla”.
Estaba convencido de que la oración sólo es cristiana si es una conversación con el Padre nuestro, con el Dios de Jesús, el “Dios de los pobres”, el defensor de los desvalidos, el que se ha encarnado para “buscar y para salvar lo que estaba perdido”. “Dejadme, por favor, que sea un cura a mi estilo”.


Con esta petición -reiterada insistentemente a los que, desde situaciones diferentes, mostraban sus deseos de que sus actitudes, sus palabras y sus acciones, respondieran a patrones clericales trasnochados o novedosos- el padre Paco, defendía su modelo personal de sacerdote, enraizado en el Evangelio, fundamentado en el Concilio e interpretado según su propio talante humano.


Repetía que, más que predicador, se conformaba con ser pregonero de su fe en Jesús de Nazaret; más que maestro, pretendía mostrarse como testigo de la misericordia y de la bondad del Padre, como un servidor de su pueblo que cumplía la gozosa tarea de anunciar el Evangelio y de invitar a los hombres y a las mujeres para que creyeran y vivieran las enseñanzas de la Madre Iglesia.

Esperanzado creyente en los seres humanos, animaba a sus colaboradores directos para que, con templanza, con serenidad, con respeto y con cariño, entablaran un diálogo abierto con todos los hombres de buena voluntad pero que, de manera preferente, se acercaran a los enfermos y a todos los que sufren.

Hace escasas fechas, me dijo, con cierto tono de tristeza, “muchos están convirtiendo a Dios en un ser demasiado abstracto e irreal; por eso no se atreven llamarlo Padre, por eso no rezan; y es que no les resulta fácil invocar con confianza a un ser lejano y difuso al que consideran ajeno e indiferente a sus problemas y a sus sufrimientos”. Paco, nos explicaba, con palabras sencillas, cómo teníamos que rezar a un Dios Padre e invocarle siempre con corazón de niño. "Sólo este Dios bueno puede hacer que este mundo deje de ser un valle de lágrimas". Se nos ha muerto una persona aparentemente insignificante, que nos ha dado una lección de profunda humanidad y de sencillez evangélica. Que descanse en paz.

Guardar las distancias

José Antonio Hernández Guerrero
Me dice Lola que, finalmente, fue ella quien decidió distanciarse durante un tiempo del marido e, incluso, de sus dos hijos. “No fue exactamente –me explica- una separación sino un simple traslado domiciliario porque, aislados, ya lo estábamos hace, al menos, tres años, y, paradójicamente, ahora nos sentimos más unidos”. Ella estaba convencida de que eran los ordenadores y todos esos otros aparatos destinados a facilitar la comunicación los que, últimamente, habían contribuido más al distanciamiento familiar y a convertir a las familias en archipiélagos de islas incomunicadas.


Sebastián estaba enganchado al ordenador todo el tiempo que permanecía en la casa. Lola había empezado a sentir verdaderos celos y decía que este aparato odiable era el verdadero amigo y el único interlocutor de su marido; que en él había depositado toda su confianza y todo su cariño. Y los niños, Juanito y Rosa, sólo vivían al ritmo que les marcaban los programas del televisor. Pero el problema era más grave porque ella, a pesar de compartir el mismo espacio, no sólo se sentía distanciada de ellos sino que, también, se había alejado de sí misma. Me explicaba cómo sólo se dirigían unas palabras meramente rituales que indicaban los cambios de actividades y, más concretamente, el momento de sentarse a la mesa para ingerir, pendientes de las imágenes del televisor, la comida que ella había preparado.

Ahora, desde el pequeño apartamento al que se ha retirado, totalmente sola y gracias al ordenador portátil y al teléfono móvil, ha logrado reanudar las conversaciones con su marido y las charlas con sus dos hijos. Está sorprendida porque, por primera vez, todos se atreven a expresar sensaciones intensas y sentimientos profundos; les resulta fácil declarar las ansias que les invaden de estar juntos para sentirse unidos cordialmente y, sobre todo, para conversar sobre lo bien que lo pasan cuando, eentusiasmados, repasan los recuerdos de los acontecimientos que han vivido juntos o cuando, ilusionados, hacen proyectos de futuro. Ahora, separados por varios kilómetros, tienen la grata sensación de sentirse acompañados, comprendidos y queridos.

Porqué, se pregunta, a veces la comunicación es más fácil en la distancia. Es posible, se responde ella misma, que sea porque, para establecer vías de comunicación sea imprescindible garantizar un espacio privado en el que cada uno de los interlocutores defienda su intimidad, ese recinto personal y sagrado que es inviolable. Quizás ahora estén descubriendo que la condición indispensable para dialogar, para comunicar, para colaborar y para compartir, es que cada uno garantice su propia autonomía.

La convivencia exige respeto mutuo y el respeto supone que aceptemos la identidad de cada una de las personas y que renunciemos a inmiscuirnos en los tiempos, en los espacios y en los asuntos personales de nuestros interlocutores.

Por eso, a veces, nos viene bien que establezcamos cierta distancia física. Hemos de reconocer que, para construir un grupo unido, es indispensable que aceptemos las irreductibles diferencias que nos separan de las demás personas y que todos defendamos el recinto de la vida personal con el fin de impedir contagiar a los demás con nuestras sensaciones y de evitar salpicarlos con nuestros humores, con nuestros sentimientos, deseos, temores, amores u odios.

No tenemos derecho a imponer a los demás mortales, por muy próximos que estén de nosotros -por muy amigos o familiares que sean-, nuestros olores, sabores y colores.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Y en el patio de las malvas...

Lo tiene escrito Antonio Burgos: "Picha, esta miembra no es de Cádiz". Porque, en Cai, el miembro, en femenino, es el chupapiera. Y porque -añado por mi cuenta y riesgo- no puede Bibiana tildar de "lenguaje sexista" al habla de Cádiz que usa el femenino para "picha" y el masculino para "chocho, toto o totete"...

Y además -por mucho desarrollo del flamenco- no puede ser de Cádiz quien no canta ni baila "los duros antiguos", ni estos "duros modennos":


Aquellos duros "moennos"
Que tanto en Cai dieron que hablá
Que encontraban los sociatas
En la orilla de Ferrá
Es la cosa más graciosa
Que en mi vida he visto yo.

La Bahía y la Sierra con espiocha
También "ha ido" Bibiana
Por si "pintaba",
Con una broicha...

Estaba Moncloa igual que una feria
También los banqueros
Por una "miseria"....

Algunos "trincaron" millones de duros
Pero los de "Delphi"
No vieron ni uno...

La "miembra" como ya dije
Estuvo allí una semana
"Escarbando" lo que pudo
Pá su padre y pá su hermana....

Pintó su pelo y sus uñas
Ya un poco descolorías
Y de malva un ministerio
"Da igual"...¡pá lo que servía!...
Y la placa igualitaria
Está de malva desde aquel día.

Luisuarez. Ingenuo.
Luis J. Suárez Alvarez
DNI. 31062170. Cádiz.

martes, 3 de marzo de 2009

EL LOCO DE LA SALINA


MAÑANA ES NUESTRO SANTO


Mañana, 28 de febrero, el mes de los locos, es nuestro santo. Y el mío por partida doble, por loco y por andaluz. Día de Andalucía por más señas.
Como comprenderá, aquí en el manicomio hay locos de todas las clases y de todos los lados. Por lo menos es un consuelo saber que en todos sitios cuecen habas y que la locura no distingue entre sus destinatarios, sino que al que le toca le tocó. Cada grupo de locos que pasea por el patio destaca en algo. Todo el mundo ha clasificado ya hace tiempo las diversas formas de ser de cada grupo y es muy complicado salir de un casillero y colocarse en otro distinto al que tiene asignado desde que los panaderos hacían pan. El grupo de locos catalanes es célebre por su desmedido afán de ahorro y gastan menos que un calvo en peines. Los vascos son muy suyos y no se hable más. Los gallegos van y vienen, pero no se sabe ni de dónde vienen ni a dónde van. Los maños son muy buena gente. Los andaluces están todo el día tocando la guitarra menos el rato que dedican a la gran siesta diaria, aunque también serían capaces de tocar dormidos. La fama se hereda y es muy complicado quitársela de encima

Sin embargo dentro de mi poco entender, creo que no se puede generalizar así con tanta alegría. Por eso, cuando alguien generaliza, como le pasó a la diputada catalana Monserrat cuando se metió con la ministra Magdalena Álvarez, se expone, para que tome nota, a recibir contra su voluntad y masivamente las obras completas de los mejores literatos andaluces. Hasta tal punto ha recibido las antologías completas, que ya no tiene sitio en su biblioteca para colocar las obras de Antonio Machado, Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Elio Antonio de Nebrija, José Cadalso, Juan Valera, Fray Luis de Granada, Juan de Mena, Luis de Góngora, Gustavo Adolfo Bécquer, Rafael Alberti y un largo etcétera. Y lo que quisiera ella es que le enviaran un Picasso, un Velázquez o un Murillo, cosa más que improbable para los tiempos que corren. Y no sigo poniendo nombres de andaluces famosos porque no pararía en todo el artículo.

En todo caso, hay que reconocer que los andaluces somos muy variopintos. Los hay flojos, listos, ágiles, torpes, granujas (estos abundan desgraciadamente), nobles, graciosos, malages… Como todo el mundo, estamos convencidos de que lo nuestro es lo mejor y que los demás giran a nuestro alrededor sin comprendernos ni una mijita. La cosa es que ahora en plena crisis nos venimos a dar cuenta de que somos los últimos en casi todo, menos en población y en paro, y encima seguimos teniendo una gran fe en aquello de que los últimos serán los primeros.

Por todo ello y siendo mañana el Día de los andaluces, habrá que convenir en que lo que se celebra es el Día de los que han nacido en Andalucía. Pero tampoco, porque muchas veces gente que no ha nacido aquí se siente andaluz hasta los huesos con ese. Preguntadle a Joaquín, el maño. Entonces, ¿qué es lo que celebramos? Pues eso, que somos andaluces y que esta tierra es una preciosidad para el que pueda disfrutarla. Tenemos un buen orgullo de ser andaluces, de nuestra forma de hablar, de nuestras cosas. Y como organicen un concurso de chistes en el manicomio, está claro que lo ganamos de calle.

Mañana me van a felicitar muchos locos quizás precisamente porque están volados. Espero al menos que nadie en este bendito manicomio me dé la palmadita en la espalda y me diga que hay desgracias mayores. No se lo permitiré ni a los locos ni a los cuerdos.

Todo el año no es carnaval

José Antonio Hernández Guerrero

Si nos alejamos tanto de los tópicos “gaditas” como de los prejuicios pseudoculturales, podemos afirmar, repitiendo palabras de Mariano Peñalver, que el carnaval gaditano es un cuerpo lúcido que se ríe de sí mismo y de los otros: es la máxima expresión del nuestro yo paródico, paradójico y contradictorio. Todos sabemos que los diferentes géneros de nuestras coplas carnavalescas critican -en ocasiones corrosivamente- unos comportamientos convencionales que, cubiertos de apariencias formales, a veces son frívolos. Algunas letras, incluso, poseen un notable poder social y una importante lucidez desmitificadora porque empequeñecen el volumen de los episodios, desinflan las hinchazones de algunos personajes públicos y restablecen las dimensiones reales de unos sucesos que, ingenuamente, juzgamos trascendentales.

Las críticas humorísticas, las comparaciones cómicas y las hiperbólicas caricaturas de la chirigota de Kike Remolino constituyen unos espejos en los que se reflejan nuestros rostros y nuestros gestos, nuestras aspiraciones y nuestras frustraciones. Con la caricatura que “El Selu” ha hecho de los “enteraos” –ese personaje que tan bien representamos muchos de nosotros-, además de hacernos reír, nos descubre la realidad elemental y profunda de los comportamientos delirantes -y, a veces, estúpidos- de algunas personas que nos creemos serias y respetables. Fíjense, por ejemplo, en la imaginación desbordante de El Yuyu, con ese ingenioso pasodoble dedicado a las “pelusas del ombligo”. Muchos de los tipos constituyen imágenes de nuestras torpezas y revelan descarnadamente algunos de los rasgos de nuestra hechura humana.

Por otra parte, las comparsas nos hacen “con-sentir” con las emociones que despiertan unos hechos tan amargos como, por ejemplo, ese desgarrador pasodoble que Antonio Martín dedica a Marta; a veces, nos envían unos soplos nostálgicos como los que emiten las coplas de Joaquín Quiñones con su agrupación evocadora de la prensa del siglo XIX, o nos invitan al regodeo contagiándonos el desenfado de Jesús Bienvenido con su comparsa “los trasnochadores”. Hemos de reconocer, sin embargo, que el sentimiento de las comparsas no es siempre una reacción blanda de aceptación pasiva y desesperanzada, sino que puede ser una expresión delicada y comprometida de solidaridad.

Nos ha llamado la atención, una vez más, el colorido vital del coro “Cuando yo me pele”, de Julio Pardo con su exuberante alarde de armonías, los “Cañamaques” con sus indirectas y transgresoras alusiones, a veces explícitas, a los actores carnavalescos, y las provocadoras insinuaciones del tipo, de las letras e, incluso, de las melodías de “Los que se mueren por la pipa de la Paz…”.

Aunque es cierto que las agrupaciones -con su arte musical y con sus recursos literarios- nos cuentan amablemente la verdad desnuda de las cosas, expresan las sensaciones y los sentimientos que, durante el resto del año, enmascaramos o disimulamos con las fórmulas convencionales exigidas por las buenas maneras y por la cortesía, no deberíamos perder de vista que, a veces, desenfocan los problemas y, por lo tanto, falsean sus soluciones. Sería, por lo tanto, absurdamente ridículo que los padres de familia, los educadores, los líderes de opinión o los políticos interpretaran esas críticas al pie de la letra y las adoptaran como criterios válidos para planificar sus actividades. No nos confundamos, por favor, porque todo el año no es carnaval.

Sortear la vejez y vivir la ancianidad

José Antonio Hernández Guerrero El comienzo de un nuevo año es –puede ser- otra nueva oportunidad para que re-novemos nuestr...