José Antonio Hernández Guerrero
Si nos alejamos tanto de los tópicos “gaditas” como de los prejuicios pseudoculturales, podemos afirmar, repitiendo palabras de Mariano Peñalver, que el carnaval gaditano es un cuerpo lúcido que se ríe de sí mismo y de los otros: es la máxima expresión del nuestro yo paródico, paradójico y contradictorio. Todos sabemos que los diferentes géneros de nuestras coplas carnavalescas critican -en ocasiones corrosivamente- unos comportamientos convencionales que, cubiertos de apariencias formales, a veces son frívolos. Algunas letras, incluso, poseen un notable poder social y una importante lucidez desmitificadora porque empequeñecen el volumen de los episodios, desinflan las hinchazones de algunos personajes públicos y restablecen las dimensiones reales de unos sucesos que, ingenuamente, juzgamos trascendentales.
Las críticas humorísticas, las comparaciones cómicas y las hiperbólicas caricaturas de la chirigota de Kike Remolino constituyen unos espejos en los que se reflejan nuestros rostros y nuestros gestos, nuestras aspiraciones y nuestras frustraciones. Con la caricatura que “El Selu” ha hecho de los “enteraos” –ese personaje que tan bien representamos muchos de nosotros-, además de hacernos reír, nos descubre la realidad elemental y profunda de los comportamientos delirantes -y, a veces, estúpidos- de algunas personas que nos creemos serias y respetables. Fíjense, por ejemplo, en la imaginación desbordante de El Yuyu, con ese ingenioso pasodoble dedicado a las “pelusas del ombligo”. Muchos de los tipos constituyen imágenes de nuestras torpezas y revelan descarnadamente algunos de los rasgos de nuestra hechura humana.
Por otra parte, las comparsas nos hacen “con-sentir” con las emociones que despiertan unos hechos tan amargos como, por ejemplo, ese desgarrador pasodoble que Antonio Martín dedica a Marta; a veces, nos envían unos soplos nostálgicos como los que emiten las coplas de Joaquín Quiñones con su agrupación evocadora de la prensa del siglo XIX, o nos invitan al regodeo contagiándonos el desenfado de Jesús Bienvenido con su comparsa “los trasnochadores”. Hemos de reconocer, sin embargo, que el sentimiento de las comparsas no es siempre una reacción blanda de aceptación pasiva y desesperanzada, sino que puede ser una expresión delicada y comprometida de solidaridad.
Nos ha llamado la atención, una vez más, el colorido vital del coro “Cuando yo me pele”, de Julio Pardo con su exuberante alarde de armonías, los “Cañamaques” con sus indirectas y transgresoras alusiones, a veces explícitas, a los actores carnavalescos, y las provocadoras insinuaciones del tipo, de las letras e, incluso, de las melodías de “Los que se mueren por la pipa de la Paz…”.
Aunque es cierto que las agrupaciones -con su arte musical y con sus recursos literarios- nos cuentan amablemente la verdad desnuda de las cosas, expresan las sensaciones y los sentimientos que, durante el resto del año, enmascaramos o disimulamos con las fórmulas convencionales exigidas por las buenas maneras y por la cortesía, no deberíamos perder de vista que, a veces, desenfocan los problemas y, por lo tanto, falsean sus soluciones. Sería, por lo tanto, absurdamente ridículo que los padres de familia, los educadores, los líderes de opinión o los políticos interpretaran esas críticas al pie de la letra y las adoptaran como criterios válidos para planificar sus actividades. No nos confundamos, por favor, porque todo el año no es carnaval.
martes, 3 de marzo de 2009
viernes, 27 de febrero de 2009
¡Y dos bombillas!
Estos chicos se nos han vuelto marxistas. Bueno, la verdad es que nunca habían entrado ni salido. Siempre tuvieron, como todos los malos estudiantes, una cierta aversión a posar sus ojos sobre los libros, a hincar los codos o a meterle el diente a "El Capital " de don Karl. Y menos aún con espíritu crítico. Vivieron -mientras les fué rentable- de los tópicos/dogmas de la lucha de clases, las plusvalías, las superestructuras, la alienación y la "religión como opio del pueblo"...
Cuando Felipe dijo aquéllo de "antes socialistas que marxistas" ya era demasiado tarde. Porque, por entonces, más o menos, Boyer se quedó con Rumasa, Alfonso gritó "tós iguales, tó p'al pueblo" mientras mienmano concedía favores a cambio de cafelitos, surgía lo de Filesa y Malesa y Roldán y el mismo Felipe se enriquecía, capitalismo puro y duro, con el venezolano Cisneros...
Eran otros tiempos. Lo de la "lucha de clases" sólo la predican hoy algunos clérigos trasnochados, curas progres y rebotados, iletrados, ayunos de economía, sociología e historia...
Ahora, a los nuevos chicos, les ha dado por metamorfosear la "lucha de clases" en violencia de género, machismo, homofobia y lenguaje sexista...Es el igualitarismo rampante y falaz.
Ahí tienen si no a los nuevos ideólogos del partido: el Zapa, Pepiño, la de la Vogue y el Zerolo de los orgasmos.
Y doña Miembra con sus (¿será esa la mal llamada discriminación positiva?) bibliotecas para mujeras miembras. .( Sugiero se "concedan los mismos derechos" a simios y simias...)
Bueno, a lo que voy. Que han vuelto al marxismo.
Pero no al de don Carlos. Al de Groucho: ¡Y dos huevos duros!
Ahora, según el ministro Sebastián, para cada ciudadano/ciudadana....¡dos bombillas!
Ingenuo. Luisuarez
Luis J. Suárez Alvareez
DNI 31062170 Cádiz
miércoles, 25 de febrero de 2009
CARTA DE ARTURO PÉREZ REVERTE A UN JOVEN VASCO.
SOLO TRES MINUTOS ... MERECE LA PENA.
07/09/2007.
Corto de razones, largo de espada.
Eres joven y guipuzcoano, según deduzco por tu carta y el remite. Escribes como lector reciente de la última aventura de nuestro amigo Alatriste, contándome que es el primer libro de la serie que cae en tus manos.
Te ha gustado mucho, dices, excepto el hecho «poco riguroso» y «poco creíble» de que una galera española estuviera tripulada por soldados vizcaínos que combatían al grito de “Cierra España”; en referencia a la Caridad Negra, que en los últimos capítulos combate a los turcos, en las bocas de Escanderlu, llevando a bordo a la compañía del capitán Machín de Gorostiola. Y añades, joven amigo -lo de joven es importante-, que eso no disminuye tu entusiasmo por la historia que has leído; pero que el episodio de los vizcaínos te chirría, pues parece forzado. «Metido con calzador -son tus palabras- para demostrar que los vascos (y no los vascongados, don Arturo) estábamos perfectamente integrados en las fuerzas armadas españolas, lo que no era del todo cierto.»
Son las siete últimas palabras del párrafo anterior las que me hacen, hoy, escribir sobre esto; la triste certeza de que realmente crees en lo que dices. Te gusta la novela, pero lamentas que el autor haga trampas con la Historia real; la auténtica Historia que -eso no lo cuentas, pero se deduce- te enseñaron en el colegio.
Así que, con buena voluntad y con el deseo de que yo no cometa errores en futuras entregas, me corriges. Debería, a cambio, escribirte una carta con mi versión del asunto. El problema es que nunca contesto el correo. No tengo tiempo, y lo siento.
Esta página, sin embargo, no es mala solución. La lee mucha gente, y así quizás evite otras cartas como la tuya. De paso, extiendo mi respuesta a la cuadrilla de embusteros y sinvergüenzas de los sucesivos ministerios de Educación, de la consejería autonómica correspondiente, de los colegios o de donde sea, que son los verdaderos culpables de que a los diecisiete años, honrado lector, tengas -si me permites una expresión clásica- “la picha histórica hecha un lío”.
Machín de Gorostiola es un personaje ficticio, como su compañía de infantería vizcaína. En efecto. Pero uno y otros deben mucho al capitán Machín de Munguía y a los soldados de su compañía, «la mayor parte vascongados», que, según una relación del siglo XVI conservada en el Museo Naval de Madrid, pelearon como fieras durante todo un día contra tres galeras turcas, en La Prevesa. En cuanto a lo de 'Cierra España', ni es consigna franquista ni del Capitán Trueno. Quien conoce los textos de la época sabe que, durante siglos, ése fue usual grito de ataque de la infantería española -en su tiempo la más fiel, sufrida y temible de Europa-, que en gran número, además de soldados castellanos y de otras regiones, estaba formada por vizcaínos; pues así, vizcaínos, solía llamarse entonces a los vascos en general, «a veces cortos de razones pero siempre largos de bolsa y espada».
Y guste o no a quien manipuló tus libros escolares, amigo mío, con sus nombres están hechas las viejas relaciones militares, de Flandes a Berbería, de las Indias a la costa turca. Los oprimidos vascos fuisteis -extraño síndrome de Estocolmo, el vuestro- protagonistas de todas las empresas españolas por tierra y mar desde el siglo XV en adelante. Ése fue, entre otros muchos, el caso de los capitanes de galeras Iñigo de Urquiza, Juan Lezcano y Felipe Martínez de Echevarría, del almirante Antonio de Oquendo, su padre y su hijo Miguel, o de tantos otros embarcados en las galeras del Mediterráneo o en la empresa de Inglaterra.
Las relaciones de Ibarra, Bentivoglio, Benavides, Villalobos o Coloma sobre las guerras del Palatinado y Flandes, los asedios, los asaltos con el agua por la cintura, las matanzas y las hazañas, las victorias y las derrotas, hasta Rocroi y más allá incluso, están salpicadas de tales apellidos, sin olvidar las guerras de Italia: en Pavía, por ejemplo, un rey francés fue capturado por un humilde soldado de Hernani, en el curso de una acción sostenida por tenaces arcabuceros vascos.
Y te doy mi palabra de honor de que aquel día todos gritaron, hasta enronquecer, “¡Cierra España!”: voz que, en realidad, no tenía significado ideológico alguno. Sólo era un modo de animarse unos a otros -eran tiempos duros- diciéndole al enemigo de entonces, fuera el que fuera: Cuidado, que ataca España.
Así que ya ves, amigo mío. No inventé nada. El único invento es el negocio perverso de quienes te niegan y escamotean la verdadera Historia: la de tu patria vasca -«La gente más antigua, noble y limpia de toda España», escribía en 1606 el malagueño Bernardo de Alderete- y la de la otra, la grande y vieja. La común. La tuya y la mía. ¡¡¡¡¡ESPAÑA!!!!!
07/09/2007.
Corto de razones, largo de espada.
Eres joven y guipuzcoano, según deduzco por tu carta y el remite. Escribes como lector reciente de la última aventura de nuestro amigo Alatriste, contándome que es el primer libro de la serie que cae en tus manos.
Te ha gustado mucho, dices, excepto el hecho «poco riguroso» y «poco creíble» de que una galera española estuviera tripulada por soldados vizcaínos que combatían al grito de “Cierra España”; en referencia a la Caridad Negra, que en los últimos capítulos combate a los turcos, en las bocas de Escanderlu, llevando a bordo a la compañía del capitán Machín de Gorostiola. Y añades, joven amigo -lo de joven es importante-, que eso no disminuye tu entusiasmo por la historia que has leído; pero que el episodio de los vizcaínos te chirría, pues parece forzado. «Metido con calzador -son tus palabras- para demostrar que los vascos (y no los vascongados, don Arturo) estábamos perfectamente integrados en las fuerzas armadas españolas, lo que no era del todo cierto.»
Son las siete últimas palabras del párrafo anterior las que me hacen, hoy, escribir sobre esto; la triste certeza de que realmente crees en lo que dices. Te gusta la novela, pero lamentas que el autor haga trampas con la Historia real; la auténtica Historia que -eso no lo cuentas, pero se deduce- te enseñaron en el colegio.
Así que, con buena voluntad y con el deseo de que yo no cometa errores en futuras entregas, me corriges. Debería, a cambio, escribirte una carta con mi versión del asunto. El problema es que nunca contesto el correo. No tengo tiempo, y lo siento.
Esta página, sin embargo, no es mala solución. La lee mucha gente, y así quizás evite otras cartas como la tuya. De paso, extiendo mi respuesta a la cuadrilla de embusteros y sinvergüenzas de los sucesivos ministerios de Educación, de la consejería autonómica correspondiente, de los colegios o de donde sea, que son los verdaderos culpables de que a los diecisiete años, honrado lector, tengas -si me permites una expresión clásica- “la picha histórica hecha un lío”.
Machín de Gorostiola es un personaje ficticio, como su compañía de infantería vizcaína. En efecto. Pero uno y otros deben mucho al capitán Machín de Munguía y a los soldados de su compañía, «la mayor parte vascongados», que, según una relación del siglo XVI conservada en el Museo Naval de Madrid, pelearon como fieras durante todo un día contra tres galeras turcas, en La Prevesa. En cuanto a lo de 'Cierra España', ni es consigna franquista ni del Capitán Trueno. Quien conoce los textos de la época sabe que, durante siglos, ése fue usual grito de ataque de la infantería española -en su tiempo la más fiel, sufrida y temible de Europa-, que en gran número, además de soldados castellanos y de otras regiones, estaba formada por vizcaínos; pues así, vizcaínos, solía llamarse entonces a los vascos en general, «a veces cortos de razones pero siempre largos de bolsa y espada».
Y guste o no a quien manipuló tus libros escolares, amigo mío, con sus nombres están hechas las viejas relaciones militares, de Flandes a Berbería, de las Indias a la costa turca. Los oprimidos vascos fuisteis -extraño síndrome de Estocolmo, el vuestro- protagonistas de todas las empresas españolas por tierra y mar desde el siglo XV en adelante. Ése fue, entre otros muchos, el caso de los capitanes de galeras Iñigo de Urquiza, Juan Lezcano y Felipe Martínez de Echevarría, del almirante Antonio de Oquendo, su padre y su hijo Miguel, o de tantos otros embarcados en las galeras del Mediterráneo o en la empresa de Inglaterra.
Las relaciones de Ibarra, Bentivoglio, Benavides, Villalobos o Coloma sobre las guerras del Palatinado y Flandes, los asedios, los asaltos con el agua por la cintura, las matanzas y las hazañas, las victorias y las derrotas, hasta Rocroi y más allá incluso, están salpicadas de tales apellidos, sin olvidar las guerras de Italia: en Pavía, por ejemplo, un rey francés fue capturado por un humilde soldado de Hernani, en el curso de una acción sostenida por tenaces arcabuceros vascos.
Y te doy mi palabra de honor de que aquel día todos gritaron, hasta enronquecer, “¡Cierra España!”: voz que, en realidad, no tenía significado ideológico alguno. Sólo era un modo de animarse unos a otros -eran tiempos duros- diciéndole al enemigo de entonces, fuera el que fuera: Cuidado, que ataca España.
Así que ya ves, amigo mío. No inventé nada. El único invento es el negocio perverso de quienes te niegan y escamotean la verdadera Historia: la de tu patria vasca -«La gente más antigua, noble y limpia de toda España», escribía en 1606 el malagueño Bernardo de Alderete- y la de la otra, la grande y vieja. La común. La tuya y la mía. ¡¡¡¡¡ESPAÑA!!!!!
jueves, 19 de febrero de 2009
Apiñarse
José Antonio Hernández Guerrero
“No hay mal que por bien no venga”, repetía una y otra vez Lola. Y es que, a causa del estropicio que Rocky causó en la vivienda del vecino, toda la familia se unió para defenderse de los ataques que, sin duda alguna, eran desproporcionados y, por lo tanto, injustos. Hacía tiempo que cada miembro de esta familia “vivía su vida”, alejado de los demás, sin ni siquiera coincidir en el hogar a las horas de dormir.
Por lo visto Rocky, siguiendo a Tara -aquella perra amiga suya, que, inicialmente había despertado sus celos y con la que, después, se había encariñado- se coló en la casa de los dueños de ésta, rompió varias macetas e, incluso, destrozó el sofá preferido de Agustín, el cabeza de familia.
Cuando éste regresó del trabajo, su esposa, Magdalena, con incontrolada indignación, le exigió que diera la cara y que denunciara a los dueños de ese “perro tan salvaje y tan mal educado”. Lola, que había escuchado los desaforados gritos de su vecina, pidió a sus hijos y a Sebastián, su marido, que permanecieran en la casa con el fin de afrontar unidos las embestidas de “ese fiero enemigo de nuestra familia”.
Recuerden cómo la semana pasada, los integrantes de la Junta Nacional del Partido Popular -tras tener noticias de las diligencias que el juez Garzón había iniciado con la intención de desmantelar una presunta trama de corrupción política de personajes próximos a esta agrupación- decidieron comparecer ante los medios de comunicación rodeando a Rajoy para de transmitir la imagen de unidad.
Nos resulta sorprendente que, en algunas ocasiones, los seres humanos -y, en especial, los partidos políticos- sólo logramos unirnos cuando nos enfrentamos a los enemigos. Ignoro si las raíces de estos comportamientos se ahondan en nuestros estratos genéticos, si su origen está en nuestra secular historia de guerras o si su explicación reside en una interpretación simplista de la actividad política, pero el hecho constatable es que los “unos” y los “otros” conciben y realizan las relaciones dialécticas como una lucha permanente cuyo objetivo consiste, no sólo en contradecir las propuestas de los adversarios, sino también en desacreditar y, si es posible, en aniquilar a sus representantes más destacados. Muchos están convencidos de que hacer política significa negar, atacar, derribar y destruir al que milita en un partido diferente e, incluso, al que, en el propio partido piensa, de una manera distinta.
Ya sé que algún periodista se ha mostrado satisfecho porque Mariano Rajoy, finalmente, ha decidido atacar para defenderse. Nosotros nos permitimos pedirles a unos y a otros que, por favor, no nos fatiguen con sus mutuas descalificaciones personales ni nos irriten con sus insultantes improperios; les rogamos que hagan lo posible por evitar que crezca otra vez el clima de crispación política, y que, por favor, no abusen del arma del descrédito del adversario.
En contra de lo que piensan sus respectivos asesores de imagen esta técnica retórica no sólo es ineficaz para contrarrestar los demoledores efectos de los espías, de las corrupciones y de las cacerías, sino que, además, menoscaba la autoridad y la dignidad de quienes la emplea y, lo que es peor, lesiona gravemente el sistema democrático ya que la ausencia del más elemental respeto al adversario afecta negativamente a la credibilidad de quien pronuncia los discursos.
Recuerden cómo la semana pasada, los integrantes de la Junta Nacional del Partido Popular -tras tener noticias de las diligencias que el juez Garzón había iniciado con la intención de desmantelar una presunta trama de corrupción política de personajes próximos a esta agrupación- decidieron comparecer ante los medios de comunicación rodeando a Rajoy para de transmitir la imagen de unidad.
Nos resulta sorprendente que, en algunas ocasiones, los seres humanos -y, en especial, los partidos políticos- sólo logramos unirnos cuando nos enfrentamos a los enemigos. Ignoro si las raíces de estos comportamientos se ahondan en nuestros estratos genéticos, si su origen está en nuestra secular historia de guerras o si su explicación reside en una interpretación simplista de la actividad política, pero el hecho constatable es que los “unos” y los “otros” conciben y realizan las relaciones dialécticas como una lucha permanente cuyo objetivo consiste, no sólo en contradecir las propuestas de los adversarios, sino también en desacreditar y, si es posible, en aniquilar a sus representantes más destacados. Muchos están convencidos de que hacer política significa negar, atacar, derribar y destruir al que milita en un partido diferente e, incluso, al que, en el propio partido piensa, de una manera distinta.
Ya sé que algún periodista se ha mostrado satisfecho porque Mariano Rajoy, finalmente, ha decidido atacar para defenderse. Nosotros nos permitimos pedirles a unos y a otros que, por favor, no nos fatiguen con sus mutuas descalificaciones personales ni nos irriten con sus insultantes improperios; les rogamos que hagan lo posible por evitar que crezca otra vez el clima de crispación política, y que, por favor, no abusen del arma del descrédito del adversario.
En contra de lo que piensan sus respectivos asesores de imagen esta técnica retórica no sólo es ineficaz para contrarrestar los demoledores efectos de los espías, de las corrupciones y de las cacerías, sino que, además, menoscaba la autoridad y la dignidad de quienes la emplea y, lo que es peor, lesiona gravemente el sistema democrático ya que la ausencia del más elemental respeto al adversario afecta negativamente a la credibilidad de quien pronuncia los discursos.
No me llames escalafón
.
Siempre había creído, con María Moliner, que "escalafón" era simplemente:"lista de los empleados de un cuerpo, ordenada por su categoría o antigúedad". Y que la tal lista existía en el estamento militar y en algunos cuerpos de la Administración del Estado. Nunca pensé que tuviera carta de naturaleza entre los "miembros de un mismo cuerpo", clérigos o laicos, de una misma Iglesia...
Tampoco soy tan ingenuo como para ignorar el afán de algunos, clérigos y laicos, por trepar por esa presunta escala...Ni me escandalizo por ello. Aquella buena mujer, la madre de los Zebedeos, pedía un puesto, un carguete, para sus hijos. Sin importarle -clara vocación política- que fuese a derecha o a izquierda...Todos conocemos la respuesta de Jesús: "quien quiera ser el primero que sea vuestro ministro" . (O sea, vuestro servidor, vuestro siervo).
Creo que estoy divagando. Lo que quería decir es que en la Iglesia de Jesucristo no existe, no debe existir, tal escala. Y, menos aún, llamar escalafón, no al listado sino a las personas...
No me lo estoy inventando. Lo he leído, días pasados, en una reseña de la prensa local. Con motivo de un acto religioso, de una misa, se escribía: "estaba el escalafón más alto de la jerarquía diocesana".
No sé quienes serían, ni me importa, esos ministros. Pero yo que ellos pediría que no me llamasen escalafón. Ni alto ni bajo. Porque, además de ser una palabra muy fea y poco evangélica, puede rimar facilmente -y eso es peligroso en estos tiempos de rancio anticlericalismo y laicismo progresista- con paredón y con cosas todavía más feas...
LUISUAREZ. INGENUO
Luis J. Suárez Alvarez
DNI 31062170. Cádiz
Siempre había creído, con María Moliner, que "escalafón" era simplemente:"lista de los empleados de un cuerpo, ordenada por su categoría o antigúedad". Y que la tal lista existía en el estamento militar y en algunos cuerpos de la Administración del Estado. Nunca pensé que tuviera carta de naturaleza entre los "miembros de un mismo cuerpo", clérigos o laicos, de una misma Iglesia...
Tampoco soy tan ingenuo como para ignorar el afán de algunos, clérigos y laicos, por trepar por esa presunta escala...Ni me escandalizo por ello. Aquella buena mujer, la madre de los Zebedeos, pedía un puesto, un carguete, para sus hijos. Sin importarle -clara vocación política- que fuese a derecha o a izquierda...Todos conocemos la respuesta de Jesús: "quien quiera ser el primero que sea vuestro ministro" . (O sea, vuestro servidor, vuestro siervo).
Creo que estoy divagando. Lo que quería decir es que en la Iglesia de Jesucristo no existe, no debe existir, tal escala. Y, menos aún, llamar escalafón, no al listado sino a las personas...
No me lo estoy inventando. Lo he leído, días pasados, en una reseña de la prensa local. Con motivo de un acto religioso, de una misa, se escribía: "estaba el escalafón más alto de la jerarquía diocesana".
No sé quienes serían, ni me importa, esos ministros. Pero yo que ellos pediría que no me llamasen escalafón. Ni alto ni bajo. Porque, además de ser una palabra muy fea y poco evangélica, puede rimar facilmente -y eso es peligroso en estos tiempos de rancio anticlericalismo y laicismo progresista- con paredón y con cosas todavía más feas...
LUISUAREZ. INGENUO
Luis J. Suárez Alvarez
DNI 31062170. Cádiz
sábado, 14 de febrero de 2009
¿SE ESTÁN QUEDANDO CON NOSOTROS?
EL LOCO DE LA SALINA
Aunque le parezca mentira a usted y a mí también, debo confesarle que los locos estamos enganchados a Internet. Hay que ver la cantidad de cosas de las que uno se entera a través de este increíble invento.
Muchas veces terminamos con la cabeza echando chispas con lo poquito que a nosotros nos falta. Además estamos conectados casi todos los locos del mundo y entre nosotros nos contamos cosas tan raras, que hacen que no cojamos fácilmente el sueño.
Estamos convencidos de que podríamos cambiar el mundo a base de pensar, ya que de los cuerdos poco se puede esperar a estas alturas. Internet es para nosotros como una camisa de fuerza, porque nos deja quietos, sentados, tranquilos y con los ojos abiertos de par en par a verlas venir.
El otro día me envió un amigo un mensaje de ésos que te dejan el coco pensativo tirando a tonto. Yo no sé si llevará razón en este caso, porque a mí las matemáticas nunca se me han dado bien, pero él lo tiene claro y desde luego los números nunca se dedicaron a la política, por lo que no nos van a engañar.
Dice mi amigo que, después de hacer unos sencillos cálculos, le salen unas cuentas que son para enmarcarlas.
Dice que en Estados Unidos el plan de rescate a los Bancos con dinero de los contribuyentes costará la cifra de 700.000 millones de dólares, más los 500.000 millones que ya se le ha entregado a la Banca, más los miles de millones que entregarán los gobiernos de Europa a los Bancos en crisis en ese continente. El tío está enterado y es evidente que se lo curra leyendo todo el día y toda la noche tal como hacía el Quijote.
Asegura, como si los hubiese contado uno a uno, que el Planeta Tierra tiene 6.700 millones de habitantes. Si se divide “sólo” los 700.000 millones de dólares entre los 6.700 millones de personas que habitan el planeta, equivale a entregarle 104 millones de dólares a cada uno. Esto quiere decir que automáticamente somos millonarios todos los habitantes de la Tierra. Yo me he quedado de piedra y hasta me he rebuscado en el bolsillo sin ningún éxito.
Le he preguntado a mi vecino y me asegura que él tiene también los bolsillos más vacíos que su cerebro.
Pero para dejar las cosas más claras y sencillas, me cuenta que en vez de hablar del mundo mundial se quiere referir a España que nos cae más cerca, aunque se nos caiga encima.
El Estado español da a los Bancos 30.000 millones de euros que salen de los bolsillos de los españoles, entre los cuales me debo encontrar yo, aunque no tengo conciencia de haber dado ni un solo duro a nadie.
El Estado comprará 30.000 millones de deuda a la Banca para evitar el colapso financiero. La población española es: 46.063.511 habitantes, según datos del padrón municipal de 2008. Dentro de poco y en cuanto nazca mi nueva nieta habrá 46.063.512.
Un sencillo cálculo dice que: 30.000.000.000 de euros dividido entre 46.063.511 habitantes sale a: 652,18 millones de euros para cada español (o sea, 108.261 millones de pesetas por cada habitante de España). Puede usted suponer mi indignación al verme tieso como me veo.
Teniendo una media de 4 personas cada familia, corresponderían 2.500,72 millones de euros por familia (o sea, 415.119,52 millones de pesetas por familia).
Hasta aquí es lo que me cuenta mi amigo. He buscado hasta debajo de la cama y no consigo localizar mis correspondientes millones de euros. Es probable que, como hay tanto sinvergüenza en este manicomio, hayan aprovechado mi locura para quedarse con ellos por la cara. Si todas esas cuentas son de verdad, estamos haciendo el candado y alguien se está columpiando a costa nuestra.
Por eso lo mejor es no entender de matemáticas. Y, para que no me amargue más la vida con esas cuentas, he decidido quitar a mi amigo de la lista de favoritos en Internet.
Aunque le parezca mentira a usted y a mí también, debo confesarle que los locos estamos enganchados a Internet. Hay que ver la cantidad de cosas de las que uno se entera a través de este increíble invento.
Muchas veces terminamos con la cabeza echando chispas con lo poquito que a nosotros nos falta. Además estamos conectados casi todos los locos del mundo y entre nosotros nos contamos cosas tan raras, que hacen que no cojamos fácilmente el sueño.
Estamos convencidos de que podríamos cambiar el mundo a base de pensar, ya que de los cuerdos poco se puede esperar a estas alturas. Internet es para nosotros como una camisa de fuerza, porque nos deja quietos, sentados, tranquilos y con los ojos abiertos de par en par a verlas venir.
El otro día me envió un amigo un mensaje de ésos que te dejan el coco pensativo tirando a tonto. Yo no sé si llevará razón en este caso, porque a mí las matemáticas nunca se me han dado bien, pero él lo tiene claro y desde luego los números nunca se dedicaron a la política, por lo que no nos van a engañar.
Dice mi amigo que, después de hacer unos sencillos cálculos, le salen unas cuentas que son para enmarcarlas.
Dice que en Estados Unidos el plan de rescate a los Bancos con dinero de los contribuyentes costará la cifra de 700.000 millones de dólares, más los 500.000 millones que ya se le ha entregado a la Banca, más los miles de millones que entregarán los gobiernos de Europa a los Bancos en crisis en ese continente. El tío está enterado y es evidente que se lo curra leyendo todo el día y toda la noche tal como hacía el Quijote.
Asegura, como si los hubiese contado uno a uno, que el Planeta Tierra tiene 6.700 millones de habitantes. Si se divide “sólo” los 700.000 millones de dólares entre los 6.700 millones de personas que habitan el planeta, equivale a entregarle 104 millones de dólares a cada uno. Esto quiere decir que automáticamente somos millonarios todos los habitantes de la Tierra. Yo me he quedado de piedra y hasta me he rebuscado en el bolsillo sin ningún éxito.
Le he preguntado a mi vecino y me asegura que él tiene también los bolsillos más vacíos que su cerebro.
Pero para dejar las cosas más claras y sencillas, me cuenta que en vez de hablar del mundo mundial se quiere referir a España que nos cae más cerca, aunque se nos caiga encima.
El Estado español da a los Bancos 30.000 millones de euros que salen de los bolsillos de los españoles, entre los cuales me debo encontrar yo, aunque no tengo conciencia de haber dado ni un solo duro a nadie.
El Estado comprará 30.000 millones de deuda a la Banca para evitar el colapso financiero. La población española es: 46.063.511 habitantes, según datos del padrón municipal de 2008. Dentro de poco y en cuanto nazca mi nueva nieta habrá 46.063.512.
Un sencillo cálculo dice que: 30.000.000.000 de euros dividido entre 46.063.511 habitantes sale a: 652,18 millones de euros para cada español (o sea, 108.261 millones de pesetas por cada habitante de España). Puede usted suponer mi indignación al verme tieso como me veo.
Teniendo una media de 4 personas cada familia, corresponderían 2.500,72 millones de euros por familia (o sea, 415.119,52 millones de pesetas por familia).
Hasta aquí es lo que me cuenta mi amigo. He buscado hasta debajo de la cama y no consigo localizar mis correspondientes millones de euros. Es probable que, como hay tanto sinvergüenza en este manicomio, hayan aprovechado mi locura para quedarse con ellos por la cara. Si todas esas cuentas son de verdad, estamos haciendo el candado y alguien se está columpiando a costa nuestra.
Por eso lo mejor es no entender de matemáticas. Y, para que no me amargue más la vida con esas cuentas, he decidido quitar a mi amigo de la lista de favoritos en Internet.
viernes, 13 de febrero de 2009
Nerviosismo
José Antonio Hernández Guerrero
A pesar de que, siguiendo las indicaciones del veterinario, Lola le colocó a Rocky alrededor del cuello un amplio cono de un rígido cartón con el fin de que, por mucho que inclinara la cabeza, no se viera la cola, al perro no le desapareció el nerviosismo sino que le aumentó de forma alarmante. Se movía de manera permanente por todas las habitaciones de la casa, tanto durante el día como durante la noche; perdió el apetito y, de vez en cuando, emitía unos ladridos lastimeros, parecidos a los aullidos de los lobos en celo.
La causa de este extraño comportamiento la descubrió Lola gracias a las pistas que le proporcionó su compañera Encarna cuyo perro también había sufrido las mismas alteraciones. “Repasa todos los muebles de tu vivienda y comprueba si, en las últimas semanas, has hecho algún cambio. Estos perros son excesivamente conservadores y, cuando advierten alguna alteración en su territorio, se sienten inseguros y desamparados”.
Lola no tuvo necesidad de hacer revisión alguna porque conocía con detalle los numerosos cambios que, como era su costumbre, había hecho al comienzo del año. Ella necesitaba un cambio de decoración en su vivienda para sentir la sensación de que también ella había cambiado y de que, incluso, renacía a una vida nueva. Por eso dedicaba los primeros días del mes de enero a sustituir las cortinas, la ropa de cama y a redistribuir los muebles para tener la impresión de que vivía en otra casa.
A Rocky, por lo visto, le ocurría lo contrario: que cuando advertía que la mesa ya no estaba situada en la mitad de la habitación sino junto a la pared, y que las sillas ya no rodeaban la mesa sino que estaban alineadas como los asientos de un autobús, se sentía desorientado y sufría un vértigo parecido al que experimentamos cuando estamos en un lugar extraño y tememos no ser capaces de adaptarnos por no medir bien las distancias.
Algo parecido está ocurriendo durante los últimos meses en nuestra ciudad en la que, para preparar esa gran conmemoración de “La Pepa”, se proyectan cambios en la configuración urbana: mientras que unos ciudadanos, aplauden todos los cambios, otros, por el contrario, expresan su malestar por las transformaciones de unas reliquias que ellos consideran intocables y sagradas. Pero, quizás resulte más sorprendente analizar las actitudes de los grupos políticos ante las propuestas novedosas de sus adversarios. En mi opinión, el origen de la negativa no estriba en razones psicológicas o en argumentos sociológicos, sino en unos intereses exclusivamente partidistas: las propuestas propias siempre son las acertadas, las de los adversarios siempre son erróneas.
Piensen en cualquiera de los edificios sobre los que, durante las últimas semanas, hemos debatido en los medios de comunicación provinciales –Aduana, los quioscos, la plaza de Sevilla, el nuevo aparcamiento de Canalejas, el asfaltado de la ronda de circunvalación o la tribuna del Estadio Carranza-. Como afirmaba en estas mismas páginas José Landi: “no se trata de que un edificio sea bonito o feo, no se trata de que una plaza esté más o menos despejada, no se trata de que un bar sea mayor o menor”, sino del promotor del cambio. Por eso son muchos los gaditanos que, antes de expresar su opinión, preguntan a quién se le ha ocurrido la idea.
A pesar de que, siguiendo las indicaciones del veterinario, Lola le colocó a Rocky alrededor del cuello un amplio cono de un rígido cartón con el fin de que, por mucho que inclinara la cabeza, no se viera la cola, al perro no le desapareció el nerviosismo sino que le aumentó de forma alarmante. Se movía de manera permanente por todas las habitaciones de la casa, tanto durante el día como durante la noche; perdió el apetito y, de vez en cuando, emitía unos ladridos lastimeros, parecidos a los aullidos de los lobos en celo.
La causa de este extraño comportamiento la descubrió Lola gracias a las pistas que le proporcionó su compañera Encarna cuyo perro también había sufrido las mismas alteraciones. “Repasa todos los muebles de tu vivienda y comprueba si, en las últimas semanas, has hecho algún cambio. Estos perros son excesivamente conservadores y, cuando advierten alguna alteración en su territorio, se sienten inseguros y desamparados”.
Lola no tuvo necesidad de hacer revisión alguna porque conocía con detalle los numerosos cambios que, como era su costumbre, había hecho al comienzo del año. Ella necesitaba un cambio de decoración en su vivienda para sentir la sensación de que también ella había cambiado y de que, incluso, renacía a una vida nueva. Por eso dedicaba los primeros días del mes de enero a sustituir las cortinas, la ropa de cama y a redistribuir los muebles para tener la impresión de que vivía en otra casa.
A Rocky, por lo visto, le ocurría lo contrario: que cuando advertía que la mesa ya no estaba situada en la mitad de la habitación sino junto a la pared, y que las sillas ya no rodeaban la mesa sino que estaban alineadas como los asientos de un autobús, se sentía desorientado y sufría un vértigo parecido al que experimentamos cuando estamos en un lugar extraño y tememos no ser capaces de adaptarnos por no medir bien las distancias.
Algo parecido está ocurriendo durante los últimos meses en nuestra ciudad en la que, para preparar esa gran conmemoración de “La Pepa”, se proyectan cambios en la configuración urbana: mientras que unos ciudadanos, aplauden todos los cambios, otros, por el contrario, expresan su malestar por las transformaciones de unas reliquias que ellos consideran intocables y sagradas. Pero, quizás resulte más sorprendente analizar las actitudes de los grupos políticos ante las propuestas novedosas de sus adversarios. En mi opinión, el origen de la negativa no estriba en razones psicológicas o en argumentos sociológicos, sino en unos intereses exclusivamente partidistas: las propuestas propias siempre son las acertadas, las de los adversarios siempre son erróneas.
Piensen en cualquiera de los edificios sobre los que, durante las últimas semanas, hemos debatido en los medios de comunicación provinciales –Aduana, los quioscos, la plaza de Sevilla, el nuevo aparcamiento de Canalejas, el asfaltado de la ronda de circunvalación o la tribuna del Estadio Carranza-. Como afirmaba en estas mismas páginas José Landi: “no se trata de que un edificio sea bonito o feo, no se trata de que una plaza esté más o menos despejada, no se trata de que un bar sea mayor o menor”, sino del promotor del cambio. Por eso son muchos los gaditanos que, antes de expresar su opinión, preguntan a quién se le ha ocurrido la idea.
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