Fallece el padre Francisco Álvarez Mateo
Un servidor de su pueblo que cumplía la gozosa tarea de anunciar el Evangelio
José Antonio Hernández Guerrero
Francisco Álvarez Mateos, con sus gestos sobrios y con sus actitudes discretas, nos ha animado para que nos despojáramos de poses ridículas, de fórmulas estereotipadas, de posturas artificiales que, máscaras inútiles, ocultan o disimulan nuestra radical pequeñez. “Tenemos -repetía- que confiar en el amor misericordioso de nuestro Padre que está en el cielo y en la tierra, en las iglesias, en las calles, en nuestras casas y en el fondo de nuestro corazón”, y explicaba aquella frase del Evangelio: “Él se revela, no tanto a los sabios y a los entendidos, sino a la gente sencilla”.
Estaba convencido de que la oración sólo es cristiana si es una conversación con el Padre nuestro, con el Dios de Jesús, el “Dios de los pobres”, el defensor de los desvalidos, el que se ha encarnado para “buscar y para salvar lo que estaba perdido”. “Dejadme, por favor, que sea un cura a mi estilo”.
Con esta petición -reiterada insistentemente a los que, desde situaciones diferentes, mostraban sus deseos de que sus actitudes, sus palabras y sus acciones, respondieran a patrones clericales trasnochados o novedosos- el padre Paco, defendía su modelo personal de sacerdote, enraizado en el Evangelio, fundamentado en el Concilio e interpretado según su propio talante humano.
Repetía que, más que predicador, se conformaba con ser pregonero de su fe en Jesús de Nazaret; más que maestro, pretendía mostrarse como testigo de la misericordia y de la bondad del Padre, como un servidor de su pueblo que cumplía la gozosa tarea de anunciar el Evangelio y de invitar a los hombres y a las mujeres para que creyeran y vivieran las enseñanzas de la Madre Iglesia.
Esperanzado creyente en los seres humanos, animaba a sus colaboradores directos para que, con templanza, con serenidad, con respeto y con cariño, entablaran un diálogo abierto con todos los hombres de buena voluntad pero que, de manera preferente, se acercaran a los enfermos y a todos los que sufren.
Hace escasas fechas, me dijo, con cierto tono de tristeza, “muchos están convirtiendo a Dios en un ser demasiado abstracto e irreal; por eso no se atreven llamarlo Padre, por eso no rezan; y es que no les resulta fácil invocar con confianza a un ser lejano y difuso al que consideran ajeno e indiferente a sus problemas y a sus sufrimientos”. Paco, nos explicaba, con palabras sencillas, cómo teníamos que rezar a un Dios Padre e invocarle siempre con corazón de niño. "Sólo este Dios bueno puede hacer que este mundo deje de ser un valle de lágrimas". Se nos ha muerto una persona aparentemente insignificante, que nos ha dado una lección de profunda humanidad y de sencillez evangélica. Que descanse en paz.
viernes, 6 de marzo de 2009
Guardar las distancias
José Antonio Hernández Guerrero
Me dice Lola que, finalmente, fue ella quien decidió distanciarse durante un tiempo del marido e, incluso, de sus dos hijos. “No fue exactamente –me explica- una separación sino un simple traslado domiciliario porque, aislados, ya lo estábamos hace, al menos, tres años, y, paradójicamente, ahora nos sentimos más unidos”. Ella estaba convencida de que eran los ordenadores y todos esos otros aparatos destinados a facilitar la comunicación los que, últimamente, habían contribuido más al distanciamiento familiar y a convertir a las familias en archipiélagos de islas incomunicadas.
Sebastián estaba enganchado al ordenador todo el tiempo que permanecía en la casa. Lola había empezado a sentir verdaderos celos y decía que este aparato odiable era el verdadero amigo y el único interlocutor de su marido; que en él había depositado toda su confianza y todo su cariño. Y los niños, Juanito y Rosa, sólo vivían al ritmo que les marcaban los programas del televisor. Pero el problema era más grave porque ella, a pesar de compartir el mismo espacio, no sólo se sentía distanciada de ellos sino que, también, se había alejado de sí misma. Me explicaba cómo sólo se dirigían unas palabras meramente rituales que indicaban los cambios de actividades y, más concretamente, el momento de sentarse a la mesa para ingerir, pendientes de las imágenes del televisor, la comida que ella había preparado.
Ahora, desde el pequeño apartamento al que se ha retirado, totalmente sola y gracias al ordenador portátil y al teléfono móvil, ha logrado reanudar las conversaciones con su marido y las charlas con sus dos hijos. Está sorprendida porque, por primera vez, todos se atreven a expresar sensaciones intensas y sentimientos profundos; les resulta fácil declarar las ansias que les invaden de estar juntos para sentirse unidos cordialmente y, sobre todo, para conversar sobre lo bien que lo pasan cuando, eentusiasmados, repasan los recuerdos de los acontecimientos que han vivido juntos o cuando, ilusionados, hacen proyectos de futuro. Ahora, separados por varios kilómetros, tienen la grata sensación de sentirse acompañados, comprendidos y queridos.
Porqué, se pregunta, a veces la comunicación es más fácil en la distancia. Es posible, se responde ella misma, que sea porque, para establecer vías de comunicación sea imprescindible garantizar un espacio privado en el que cada uno de los interlocutores defienda su intimidad, ese recinto personal y sagrado que es inviolable. Quizás ahora estén descubriendo que la condición indispensable para dialogar, para comunicar, para colaborar y para compartir, es que cada uno garantice su propia autonomía.
La convivencia exige respeto mutuo y el respeto supone que aceptemos la identidad de cada una de las personas y que renunciemos a inmiscuirnos en los tiempos, en los espacios y en los asuntos personales de nuestros interlocutores.
Por eso, a veces, nos viene bien que establezcamos cierta distancia física. Hemos de reconocer que, para construir un grupo unido, es indispensable que aceptemos las irreductibles diferencias que nos separan de las demás personas y que todos defendamos el recinto de la vida personal con el fin de impedir contagiar a los demás con nuestras sensaciones y de evitar salpicarlos con nuestros humores, con nuestros sentimientos, deseos, temores, amores u odios.
No tenemos derecho a imponer a los demás mortales, por muy próximos que estén de nosotros -por muy amigos o familiares que sean-, nuestros olores, sabores y colores.
Me dice Lola que, finalmente, fue ella quien decidió distanciarse durante un tiempo del marido e, incluso, de sus dos hijos. “No fue exactamente –me explica- una separación sino un simple traslado domiciliario porque, aislados, ya lo estábamos hace, al menos, tres años, y, paradójicamente, ahora nos sentimos más unidos”. Ella estaba convencida de que eran los ordenadores y todos esos otros aparatos destinados a facilitar la comunicación los que, últimamente, habían contribuido más al distanciamiento familiar y a convertir a las familias en archipiélagos de islas incomunicadas.
Sebastián estaba enganchado al ordenador todo el tiempo que permanecía en la casa. Lola había empezado a sentir verdaderos celos y decía que este aparato odiable era el verdadero amigo y el único interlocutor de su marido; que en él había depositado toda su confianza y todo su cariño. Y los niños, Juanito y Rosa, sólo vivían al ritmo que les marcaban los programas del televisor. Pero el problema era más grave porque ella, a pesar de compartir el mismo espacio, no sólo se sentía distanciada de ellos sino que, también, se había alejado de sí misma. Me explicaba cómo sólo se dirigían unas palabras meramente rituales que indicaban los cambios de actividades y, más concretamente, el momento de sentarse a la mesa para ingerir, pendientes de las imágenes del televisor, la comida que ella había preparado.
Ahora, desde el pequeño apartamento al que se ha retirado, totalmente sola y gracias al ordenador portátil y al teléfono móvil, ha logrado reanudar las conversaciones con su marido y las charlas con sus dos hijos. Está sorprendida porque, por primera vez, todos se atreven a expresar sensaciones intensas y sentimientos profundos; les resulta fácil declarar las ansias que les invaden de estar juntos para sentirse unidos cordialmente y, sobre todo, para conversar sobre lo bien que lo pasan cuando, eentusiasmados, repasan los recuerdos de los acontecimientos que han vivido juntos o cuando, ilusionados, hacen proyectos de futuro. Ahora, separados por varios kilómetros, tienen la grata sensación de sentirse acompañados, comprendidos y queridos.
Porqué, se pregunta, a veces la comunicación es más fácil en la distancia. Es posible, se responde ella misma, que sea porque, para establecer vías de comunicación sea imprescindible garantizar un espacio privado en el que cada uno de los interlocutores defienda su intimidad, ese recinto personal y sagrado que es inviolable. Quizás ahora estén descubriendo que la condición indispensable para dialogar, para comunicar, para colaborar y para compartir, es que cada uno garantice su propia autonomía.
La convivencia exige respeto mutuo y el respeto supone que aceptemos la identidad de cada una de las personas y que renunciemos a inmiscuirnos en los tiempos, en los espacios y en los asuntos personales de nuestros interlocutores.
Por eso, a veces, nos viene bien que establezcamos cierta distancia física. Hemos de reconocer que, para construir un grupo unido, es indispensable que aceptemos las irreductibles diferencias que nos separan de las demás personas y que todos defendamos el recinto de la vida personal con el fin de impedir contagiar a los demás con nuestras sensaciones y de evitar salpicarlos con nuestros humores, con nuestros sentimientos, deseos, temores, amores u odios.
No tenemos derecho a imponer a los demás mortales, por muy próximos que estén de nosotros -por muy amigos o familiares que sean-, nuestros olores, sabores y colores.
miércoles, 4 de marzo de 2009
Y en el patio de las malvas...
Lo tiene escrito Antonio Burgos: "Picha, esta miembra no es de Cádiz". Porque, en Cai, el miembro, en femenino, es el chupapiera. Y porque -añado por mi cuenta y riesgo- no puede Bibiana tildar de "lenguaje sexista" al habla de Cádiz que usa el femenino para "picha" y el masculino para "chocho, toto o totete"...
Y además -por mucho desarrollo del flamenco- no puede ser de Cádiz quien no canta ni baila "los duros antiguos", ni estos "duros modennos":
Aquellos duros "moennos"
Que tanto en Cai dieron que hablá
Que encontraban los sociatas
En la orilla de Ferrá
Es la cosa más graciosa
Que en mi vida he visto yo.
La Bahía y la Sierra con espiocha
También "ha ido" Bibiana
Por si "pintaba",
Con una broicha...
Estaba Moncloa igual que una feria
También los banqueros
Por una "miseria"....
Algunos "trincaron" millones de duros
Pero los de "Delphi"
No vieron ni uno...
La "miembra" como ya dije
Estuvo allí una semana
"Escarbando" lo que pudo
Pá su padre y pá su hermana....
Pintó su pelo y sus uñas
Ya un poco descolorías
Y de malva un ministerio
"Da igual"...¡pá lo que servía!...
Y la placa igualitaria
Está de malva desde aquel día.
Luisuarez. Ingenuo.
Luis J. Suárez Alvarez
DNI. 31062170. Cádiz.
Y además -por mucho desarrollo del flamenco- no puede ser de Cádiz quien no canta ni baila "los duros antiguos", ni estos "duros modennos":
Aquellos duros "moennos"
Que tanto en Cai dieron que hablá
Que encontraban los sociatas
En la orilla de Ferrá
Es la cosa más graciosa
Que en mi vida he visto yo.
La Bahía y la Sierra con espiocha
También "ha ido" Bibiana
Por si "pintaba",
Con una broicha...
Estaba Moncloa igual que una feria
También los banqueros
Por una "miseria"....
Algunos "trincaron" millones de duros
Pero los de "Delphi"
No vieron ni uno...
La "miembra" como ya dije
Estuvo allí una semana
"Escarbando" lo que pudo
Pá su padre y pá su hermana....
Pintó su pelo y sus uñas
Ya un poco descolorías
Y de malva un ministerio
"Da igual"...¡pá lo que servía!...
Y la placa igualitaria
Está de malva desde aquel día.
Luisuarez. Ingenuo.
Luis J. Suárez Alvarez
DNI. 31062170. Cádiz.
martes, 3 de marzo de 2009
EL LOCO DE LA SALINA
MAÑANA ES NUESTRO SANTO
Mañana, 28 de febrero, el mes de los locos, es nuestro santo. Y el mío por partida doble, por loco y por andaluz. Día de Andalucía por más señas.
Como comprenderá, aquí en el manicomio hay locos de todas las clases y de todos los lados. Por lo menos es un consuelo saber que en todos sitios cuecen habas y que la locura no distingue entre sus destinatarios, sino que al que le toca le tocó. Cada grupo de locos que pasea por el patio destaca en algo. Todo el mundo ha clasificado ya hace tiempo las diversas formas de ser de cada grupo y es muy complicado salir de un casillero y colocarse en otro distinto al que tiene asignado desde que los panaderos hacían pan. El grupo de locos catalanes es célebre por su desmedido afán de ahorro y gastan menos que un calvo en peines. Los vascos son muy suyos y no se hable más. Los gallegos van y vienen, pero no se sabe ni de dónde vienen ni a dónde van. Los maños son muy buena gente. Los andaluces están todo el día tocando la guitarra menos el rato que dedican a la gran siesta diaria, aunque también serían capaces de tocar dormidos. La fama se hereda y es muy complicado quitársela de encima
Sin embargo dentro de mi poco entender, creo que no se puede generalizar así con tanta alegría. Por eso, cuando alguien generaliza, como le pasó a la diputada catalana Monserrat cuando se metió con la ministra Magdalena Álvarez, se expone, para que tome nota, a recibir contra su voluntad y masivamente las obras completas de los mejores literatos andaluces. Hasta tal punto ha recibido las antologías completas, que ya no tiene sitio en su biblioteca para colocar las obras de Antonio Machado, Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Elio Antonio de Nebrija, José Cadalso, Juan Valera, Fray Luis de Granada, Juan de Mena, Luis de Góngora, Gustavo Adolfo Bécquer, Rafael Alberti y un largo etcétera. Y lo que quisiera ella es que le enviaran un Picasso, un Velázquez o un Murillo, cosa más que improbable para los tiempos que corren. Y no sigo poniendo nombres de andaluces famosos porque no pararía en todo el artículo.
En todo caso, hay que reconocer que los andaluces somos muy variopintos. Los hay flojos, listos, ágiles, torpes, granujas (estos abundan desgraciadamente), nobles, graciosos, malages… Como todo el mundo, estamos convencidos de que lo nuestro es lo mejor y que los demás giran a nuestro alrededor sin comprendernos ni una mijita. La cosa es que ahora en plena crisis nos venimos a dar cuenta de que somos los últimos en casi todo, menos en población y en paro, y encima seguimos teniendo una gran fe en aquello de que los últimos serán los primeros.
Por todo ello y siendo mañana el Día de los andaluces, habrá que convenir en que lo que se celebra es el Día de los que han nacido en Andalucía. Pero tampoco, porque muchas veces gente que no ha nacido aquí se siente andaluz hasta los huesos con ese. Preguntadle a Joaquín, el maño. Entonces, ¿qué es lo que celebramos? Pues eso, que somos andaluces y que esta tierra es una preciosidad para el que pueda disfrutarla. Tenemos un buen orgullo de ser andaluces, de nuestra forma de hablar, de nuestras cosas. Y como organicen un concurso de chistes en el manicomio, está claro que lo ganamos de calle.
Mañana me van a felicitar muchos locos quizás precisamente porque están volados. Espero al menos que nadie en este bendito manicomio me dé la palmadita en la espalda y me diga que hay desgracias mayores. No se lo permitiré ni a los locos ni a los cuerdos.
Todo el año no es carnaval
José Antonio Hernández Guerrero
Si nos alejamos tanto de los tópicos “gaditas” como de los prejuicios pseudoculturales, podemos afirmar, repitiendo palabras de Mariano Peñalver, que el carnaval gaditano es un cuerpo lúcido que se ríe de sí mismo y de los otros: es la máxima expresión del nuestro yo paródico, paradójico y contradictorio. Todos sabemos que los diferentes géneros de nuestras coplas carnavalescas critican -en ocasiones corrosivamente- unos comportamientos convencionales que, cubiertos de apariencias formales, a veces son frívolos. Algunas letras, incluso, poseen un notable poder social y una importante lucidez desmitificadora porque empequeñecen el volumen de los episodios, desinflan las hinchazones de algunos personajes públicos y restablecen las dimensiones reales de unos sucesos que, ingenuamente, juzgamos trascendentales.
Las críticas humorísticas, las comparaciones cómicas y las hiperbólicas caricaturas de la chirigota de Kike Remolino constituyen unos espejos en los que se reflejan nuestros rostros y nuestros gestos, nuestras aspiraciones y nuestras frustraciones. Con la caricatura que “El Selu” ha hecho de los “enteraos” –ese personaje que tan bien representamos muchos de nosotros-, además de hacernos reír, nos descubre la realidad elemental y profunda de los comportamientos delirantes -y, a veces, estúpidos- de algunas personas que nos creemos serias y respetables. Fíjense, por ejemplo, en la imaginación desbordante de El Yuyu, con ese ingenioso pasodoble dedicado a las “pelusas del ombligo”. Muchos de los tipos constituyen imágenes de nuestras torpezas y revelan descarnadamente algunos de los rasgos de nuestra hechura humana.
Por otra parte, las comparsas nos hacen “con-sentir” con las emociones que despiertan unos hechos tan amargos como, por ejemplo, ese desgarrador pasodoble que Antonio Martín dedica a Marta; a veces, nos envían unos soplos nostálgicos como los que emiten las coplas de Joaquín Quiñones con su agrupación evocadora de la prensa del siglo XIX, o nos invitan al regodeo contagiándonos el desenfado de Jesús Bienvenido con su comparsa “los trasnochadores”. Hemos de reconocer, sin embargo, que el sentimiento de las comparsas no es siempre una reacción blanda de aceptación pasiva y desesperanzada, sino que puede ser una expresión delicada y comprometida de solidaridad.
Nos ha llamado la atención, una vez más, el colorido vital del coro “Cuando yo me pele”, de Julio Pardo con su exuberante alarde de armonías, los “Cañamaques” con sus indirectas y transgresoras alusiones, a veces explícitas, a los actores carnavalescos, y las provocadoras insinuaciones del tipo, de las letras e, incluso, de las melodías de “Los que se mueren por la pipa de la Paz…”.
Aunque es cierto que las agrupaciones -con su arte musical y con sus recursos literarios- nos cuentan amablemente la verdad desnuda de las cosas, expresan las sensaciones y los sentimientos que, durante el resto del año, enmascaramos o disimulamos con las fórmulas convencionales exigidas por las buenas maneras y por la cortesía, no deberíamos perder de vista que, a veces, desenfocan los problemas y, por lo tanto, falsean sus soluciones. Sería, por lo tanto, absurdamente ridículo que los padres de familia, los educadores, los líderes de opinión o los políticos interpretaran esas críticas al pie de la letra y las adoptaran como criterios válidos para planificar sus actividades. No nos confundamos, por favor, porque todo el año no es carnaval.
Si nos alejamos tanto de los tópicos “gaditas” como de los prejuicios pseudoculturales, podemos afirmar, repitiendo palabras de Mariano Peñalver, que el carnaval gaditano es un cuerpo lúcido que se ríe de sí mismo y de los otros: es la máxima expresión del nuestro yo paródico, paradójico y contradictorio. Todos sabemos que los diferentes géneros de nuestras coplas carnavalescas critican -en ocasiones corrosivamente- unos comportamientos convencionales que, cubiertos de apariencias formales, a veces son frívolos. Algunas letras, incluso, poseen un notable poder social y una importante lucidez desmitificadora porque empequeñecen el volumen de los episodios, desinflan las hinchazones de algunos personajes públicos y restablecen las dimensiones reales de unos sucesos que, ingenuamente, juzgamos trascendentales.
Las críticas humorísticas, las comparaciones cómicas y las hiperbólicas caricaturas de la chirigota de Kike Remolino constituyen unos espejos en los que se reflejan nuestros rostros y nuestros gestos, nuestras aspiraciones y nuestras frustraciones. Con la caricatura que “El Selu” ha hecho de los “enteraos” –ese personaje que tan bien representamos muchos de nosotros-, además de hacernos reír, nos descubre la realidad elemental y profunda de los comportamientos delirantes -y, a veces, estúpidos- de algunas personas que nos creemos serias y respetables. Fíjense, por ejemplo, en la imaginación desbordante de El Yuyu, con ese ingenioso pasodoble dedicado a las “pelusas del ombligo”. Muchos de los tipos constituyen imágenes de nuestras torpezas y revelan descarnadamente algunos de los rasgos de nuestra hechura humana.
Por otra parte, las comparsas nos hacen “con-sentir” con las emociones que despiertan unos hechos tan amargos como, por ejemplo, ese desgarrador pasodoble que Antonio Martín dedica a Marta; a veces, nos envían unos soplos nostálgicos como los que emiten las coplas de Joaquín Quiñones con su agrupación evocadora de la prensa del siglo XIX, o nos invitan al regodeo contagiándonos el desenfado de Jesús Bienvenido con su comparsa “los trasnochadores”. Hemos de reconocer, sin embargo, que el sentimiento de las comparsas no es siempre una reacción blanda de aceptación pasiva y desesperanzada, sino que puede ser una expresión delicada y comprometida de solidaridad.
Nos ha llamado la atención, una vez más, el colorido vital del coro “Cuando yo me pele”, de Julio Pardo con su exuberante alarde de armonías, los “Cañamaques” con sus indirectas y transgresoras alusiones, a veces explícitas, a los actores carnavalescos, y las provocadoras insinuaciones del tipo, de las letras e, incluso, de las melodías de “Los que se mueren por la pipa de la Paz…”.
Aunque es cierto que las agrupaciones -con su arte musical y con sus recursos literarios- nos cuentan amablemente la verdad desnuda de las cosas, expresan las sensaciones y los sentimientos que, durante el resto del año, enmascaramos o disimulamos con las fórmulas convencionales exigidas por las buenas maneras y por la cortesía, no deberíamos perder de vista que, a veces, desenfocan los problemas y, por lo tanto, falsean sus soluciones. Sería, por lo tanto, absurdamente ridículo que los padres de familia, los educadores, los líderes de opinión o los políticos interpretaran esas críticas al pie de la letra y las adoptaran como criterios válidos para planificar sus actividades. No nos confundamos, por favor, porque todo el año no es carnaval.
viernes, 27 de febrero de 2009
¡Y dos bombillas!
Estos chicos se nos han vuelto marxistas. Bueno, la verdad es que nunca habían entrado ni salido. Siempre tuvieron, como todos los malos estudiantes, una cierta aversión a posar sus ojos sobre los libros, a hincar los codos o a meterle el diente a "El Capital " de don Karl. Y menos aún con espíritu crítico. Vivieron -mientras les fué rentable- de los tópicos/dogmas de la lucha de clases, las plusvalías, las superestructuras, la alienación y la "religión como opio del pueblo"...
Cuando Felipe dijo aquéllo de "antes socialistas que marxistas" ya era demasiado tarde. Porque, por entonces, más o menos, Boyer se quedó con Rumasa, Alfonso gritó "tós iguales, tó p'al pueblo" mientras mienmano concedía favores a cambio de cafelitos, surgía lo de Filesa y Malesa y Roldán y el mismo Felipe se enriquecía, capitalismo puro y duro, con el venezolano Cisneros...
Eran otros tiempos. Lo de la "lucha de clases" sólo la predican hoy algunos clérigos trasnochados, curas progres y rebotados, iletrados, ayunos de economía, sociología e historia...
Ahora, a los nuevos chicos, les ha dado por metamorfosear la "lucha de clases" en violencia de género, machismo, homofobia y lenguaje sexista...Es el igualitarismo rampante y falaz.
Ahí tienen si no a los nuevos ideólogos del partido: el Zapa, Pepiño, la de la Vogue y el Zerolo de los orgasmos.
Y doña Miembra con sus (¿será esa la mal llamada discriminación positiva?) bibliotecas para mujeras miembras. .( Sugiero se "concedan los mismos derechos" a simios y simias...)
Bueno, a lo que voy. Que han vuelto al marxismo.
Pero no al de don Carlos. Al de Groucho: ¡Y dos huevos duros!
Ahora, según el ministro Sebastián, para cada ciudadano/ciudadana....¡dos bombillas!
Ingenuo. Luisuarez
Luis J. Suárez Alvareez
DNI 31062170 Cádiz
miércoles, 25 de febrero de 2009
CARTA DE ARTURO PÉREZ REVERTE A UN JOVEN VASCO.
SOLO TRES MINUTOS ... MERECE LA PENA.
07/09/2007.
Corto de razones, largo de espada.
Eres joven y guipuzcoano, según deduzco por tu carta y el remite. Escribes como lector reciente de la última aventura de nuestro amigo Alatriste, contándome que es el primer libro de la serie que cae en tus manos.
Te ha gustado mucho, dices, excepto el hecho «poco riguroso» y «poco creíble» de que una galera española estuviera tripulada por soldados vizcaínos que combatían al grito de “Cierra España”; en referencia a la Caridad Negra, que en los últimos capítulos combate a los turcos, en las bocas de Escanderlu, llevando a bordo a la compañía del capitán Machín de Gorostiola. Y añades, joven amigo -lo de joven es importante-, que eso no disminuye tu entusiasmo por la historia que has leído; pero que el episodio de los vizcaínos te chirría, pues parece forzado. «Metido con calzador -son tus palabras- para demostrar que los vascos (y no los vascongados, don Arturo) estábamos perfectamente integrados en las fuerzas armadas españolas, lo que no era del todo cierto.»
Son las siete últimas palabras del párrafo anterior las que me hacen, hoy, escribir sobre esto; la triste certeza de que realmente crees en lo que dices. Te gusta la novela, pero lamentas que el autor haga trampas con la Historia real; la auténtica Historia que -eso no lo cuentas, pero se deduce- te enseñaron en el colegio.
Así que, con buena voluntad y con el deseo de que yo no cometa errores en futuras entregas, me corriges. Debería, a cambio, escribirte una carta con mi versión del asunto. El problema es que nunca contesto el correo. No tengo tiempo, y lo siento.
Esta página, sin embargo, no es mala solución. La lee mucha gente, y así quizás evite otras cartas como la tuya. De paso, extiendo mi respuesta a la cuadrilla de embusteros y sinvergüenzas de los sucesivos ministerios de Educación, de la consejería autonómica correspondiente, de los colegios o de donde sea, que son los verdaderos culpables de que a los diecisiete años, honrado lector, tengas -si me permites una expresión clásica- “la picha histórica hecha un lío”.
Machín de Gorostiola es un personaje ficticio, como su compañía de infantería vizcaína. En efecto. Pero uno y otros deben mucho al capitán Machín de Munguía y a los soldados de su compañía, «la mayor parte vascongados», que, según una relación del siglo XVI conservada en el Museo Naval de Madrid, pelearon como fieras durante todo un día contra tres galeras turcas, en La Prevesa. En cuanto a lo de 'Cierra España', ni es consigna franquista ni del Capitán Trueno. Quien conoce los textos de la época sabe que, durante siglos, ése fue usual grito de ataque de la infantería española -en su tiempo la más fiel, sufrida y temible de Europa-, que en gran número, además de soldados castellanos y de otras regiones, estaba formada por vizcaínos; pues así, vizcaínos, solía llamarse entonces a los vascos en general, «a veces cortos de razones pero siempre largos de bolsa y espada».
Y guste o no a quien manipuló tus libros escolares, amigo mío, con sus nombres están hechas las viejas relaciones militares, de Flandes a Berbería, de las Indias a la costa turca. Los oprimidos vascos fuisteis -extraño síndrome de Estocolmo, el vuestro- protagonistas de todas las empresas españolas por tierra y mar desde el siglo XV en adelante. Ése fue, entre otros muchos, el caso de los capitanes de galeras Iñigo de Urquiza, Juan Lezcano y Felipe Martínez de Echevarría, del almirante Antonio de Oquendo, su padre y su hijo Miguel, o de tantos otros embarcados en las galeras del Mediterráneo o en la empresa de Inglaterra.
Las relaciones de Ibarra, Bentivoglio, Benavides, Villalobos o Coloma sobre las guerras del Palatinado y Flandes, los asedios, los asaltos con el agua por la cintura, las matanzas y las hazañas, las victorias y las derrotas, hasta Rocroi y más allá incluso, están salpicadas de tales apellidos, sin olvidar las guerras de Italia: en Pavía, por ejemplo, un rey francés fue capturado por un humilde soldado de Hernani, en el curso de una acción sostenida por tenaces arcabuceros vascos.
Y te doy mi palabra de honor de que aquel día todos gritaron, hasta enronquecer, “¡Cierra España!”: voz que, en realidad, no tenía significado ideológico alguno. Sólo era un modo de animarse unos a otros -eran tiempos duros- diciéndole al enemigo de entonces, fuera el que fuera: Cuidado, que ataca España.
Así que ya ves, amigo mío. No inventé nada. El único invento es el negocio perverso de quienes te niegan y escamotean la verdadera Historia: la de tu patria vasca -«La gente más antigua, noble y limpia de toda España», escribía en 1606 el malagueño Bernardo de Alderete- y la de la otra, la grande y vieja. La común. La tuya y la mía. ¡¡¡¡¡ESPAÑA!!!!!
07/09/2007.
Corto de razones, largo de espada.
Eres joven y guipuzcoano, según deduzco por tu carta y el remite. Escribes como lector reciente de la última aventura de nuestro amigo Alatriste, contándome que es el primer libro de la serie que cae en tus manos.
Te ha gustado mucho, dices, excepto el hecho «poco riguroso» y «poco creíble» de que una galera española estuviera tripulada por soldados vizcaínos que combatían al grito de “Cierra España”; en referencia a la Caridad Negra, que en los últimos capítulos combate a los turcos, en las bocas de Escanderlu, llevando a bordo a la compañía del capitán Machín de Gorostiola. Y añades, joven amigo -lo de joven es importante-, que eso no disminuye tu entusiasmo por la historia que has leído; pero que el episodio de los vizcaínos te chirría, pues parece forzado. «Metido con calzador -son tus palabras- para demostrar que los vascos (y no los vascongados, don Arturo) estábamos perfectamente integrados en las fuerzas armadas españolas, lo que no era del todo cierto.»
Son las siete últimas palabras del párrafo anterior las que me hacen, hoy, escribir sobre esto; la triste certeza de que realmente crees en lo que dices. Te gusta la novela, pero lamentas que el autor haga trampas con la Historia real; la auténtica Historia que -eso no lo cuentas, pero se deduce- te enseñaron en el colegio.
Así que, con buena voluntad y con el deseo de que yo no cometa errores en futuras entregas, me corriges. Debería, a cambio, escribirte una carta con mi versión del asunto. El problema es que nunca contesto el correo. No tengo tiempo, y lo siento.
Esta página, sin embargo, no es mala solución. La lee mucha gente, y así quizás evite otras cartas como la tuya. De paso, extiendo mi respuesta a la cuadrilla de embusteros y sinvergüenzas de los sucesivos ministerios de Educación, de la consejería autonómica correspondiente, de los colegios o de donde sea, que son los verdaderos culpables de que a los diecisiete años, honrado lector, tengas -si me permites una expresión clásica- “la picha histórica hecha un lío”.
Machín de Gorostiola es un personaje ficticio, como su compañía de infantería vizcaína. En efecto. Pero uno y otros deben mucho al capitán Machín de Munguía y a los soldados de su compañía, «la mayor parte vascongados», que, según una relación del siglo XVI conservada en el Museo Naval de Madrid, pelearon como fieras durante todo un día contra tres galeras turcas, en La Prevesa. En cuanto a lo de 'Cierra España', ni es consigna franquista ni del Capitán Trueno. Quien conoce los textos de la época sabe que, durante siglos, ése fue usual grito de ataque de la infantería española -en su tiempo la más fiel, sufrida y temible de Europa-, que en gran número, además de soldados castellanos y de otras regiones, estaba formada por vizcaínos; pues así, vizcaínos, solía llamarse entonces a los vascos en general, «a veces cortos de razones pero siempre largos de bolsa y espada».
Y guste o no a quien manipuló tus libros escolares, amigo mío, con sus nombres están hechas las viejas relaciones militares, de Flandes a Berbería, de las Indias a la costa turca. Los oprimidos vascos fuisteis -extraño síndrome de Estocolmo, el vuestro- protagonistas de todas las empresas españolas por tierra y mar desde el siglo XV en adelante. Ése fue, entre otros muchos, el caso de los capitanes de galeras Iñigo de Urquiza, Juan Lezcano y Felipe Martínez de Echevarría, del almirante Antonio de Oquendo, su padre y su hijo Miguel, o de tantos otros embarcados en las galeras del Mediterráneo o en la empresa de Inglaterra.
Las relaciones de Ibarra, Bentivoglio, Benavides, Villalobos o Coloma sobre las guerras del Palatinado y Flandes, los asedios, los asaltos con el agua por la cintura, las matanzas y las hazañas, las victorias y las derrotas, hasta Rocroi y más allá incluso, están salpicadas de tales apellidos, sin olvidar las guerras de Italia: en Pavía, por ejemplo, un rey francés fue capturado por un humilde soldado de Hernani, en el curso de una acción sostenida por tenaces arcabuceros vascos.
Y te doy mi palabra de honor de que aquel día todos gritaron, hasta enronquecer, “¡Cierra España!”: voz que, en realidad, no tenía significado ideológico alguno. Sólo era un modo de animarse unos a otros -eran tiempos duros- diciéndole al enemigo de entonces, fuera el que fuera: Cuidado, que ataca España.
Así que ya ves, amigo mío. No inventé nada. El único invento es el negocio perverso de quienes te niegan y escamotean la verdadera Historia: la de tu patria vasca -«La gente más antigua, noble y limpia de toda España», escribía en 1606 el malagueño Bernardo de Alderete- y la de la otra, la grande y vieja. La común. La tuya y la mía. ¡¡¡¡¡ESPAÑA!!!!!
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Sortear la vejez y vivir la ancianidad
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